|
Unicamente quien pudiera decir el valor de estas Voces en una breve, concisa
y dúctil sentencia equiparable a ellas, merecería
realmente el privilegio de prologarlas, de acompañarlas con
palabras afines. Excuida esta posibilidad sólo cabe en verdad,
además de la modesta noticia informativa, la glosa surgida
del entusiasmo, amalgamadas ambas, en un intento de contribuir a
la formación de una atmósfera en la cual las Voces
de Porchia puedan encontrar su más adecuada acústica.
Estos fragmentos de introducción sólo pretenden, pues,
ser algo así como los accidentes murales, apenas decorativos,
que crean en una sala destinada a la difusión del sonido
y de la voz un medio acústico correcto. Problema de arquitectura
harto azaroso, cuyo resultado final nunca se conoce por anticipado.
Quien sabe si tiene algún sentido traducirlo aquí
al ámbito de un libro, donde la voz es muda y sin embargo
tan potente en su reverberación.
Tal vez, quienes tengan la dicha de ver en sus manos por primera
vez un libro de Antonio Porchia, ignoren algunos datos que podrían
ser valiosos para la buena comprensión de un texto tan inesperado.
Antonio Porchia es una demostración viviente de que nadie
es profeta en su tierra. Antes que entre nosotros, donde nacieron,
y mucho más que entre nosotros, sus Voces, retenidas en algunos,
pequeños, volúmenes agotados, encontraron eco en Europa,
sobre todo en Francia, transportadas allí no por su autor,
sino por un destino natural inevitable, generado en su propio y
poderoso contenido. Ya en 1949 promovió Roger Caillois un
nuevo gran asombro entre los habitantes más despiertos del
mundo de la palabra, con su versión y edición de la
primera serie de Voces, que mereció por unanimidad el primer
premio que otorga el jurado del Premio Internacional del Club Francés
del Libro, aun cuando la excesiva calidad del texto le obstruyo
el camino de esa distinción. Desde entonces, varios de entre
los escritores - y a la vez lectores más sensibles de nuestro
tiempo consignan la breve obra de Antonio Porchia en la lista de
sus preferencias. Cuéntase entre ellos André Breton,
Henry Miller y Raymond Queneau; pero esto casi no ha modificado
la situación de este singular profeta, en su propia tierra,
donde la extraordinaria realidad de su existencia continúa
envuelta en sombras. Sólo desafían esas sombras -sombras
tal vez de defensa ante la luz excesiva algunos núcleos de
las generaciones más jóvenes, muy posteriores a la
de Porchia, que lo admiran maravilladas ante esa anticipación
de sus propias voces interiores, que no logran encontrar esa felicidad
de la palabra. Es casi imposible presentar a Porchia, porque quienes
lo conocen entienden que a él es aplicable lo que Max Brod
dijo de Kafka: que no pertenece a la categoría de la literatura,
sino a la de la santidad. Sus Voces son fruto de su iluminación.
Al presentar estas Voces en su ya citada versión francesa,
Caillois observa asombrado que estas máximas le parecieron
comparables tan sólo, a los grandes aforismos de Lao-Tse
o de Kafka, pero que pudo comprobar que su autor ignoraba por completo
esas supuestas fuentes. El hecho, es que Antonio Porchia ha bebido
su saber no en sus grandes precursores, sino en la fuente única
de la cual también ellos se nutrieron: la dolorosa experiencia
total que adquiere de la vida el alma humana.
Porchia sostiene que él no hace sus sentencias, que no sabría
hacerlas, deliberadamente. Sus Voces surgen en él con la
más absoluta espontaneidad, ya hechas. Ese hacerse sus Voces
en él, es un proceso de larga maduración que a menudo
lleva años, y que suele iniciarse con una conmoción
vivencial, con una experiencia particularmente dramática.
Parecería que su vigencia universal se debe precisamente
a esta lenta germinación de una semilla de vida en la tierra
fértil de un alma sensible que, en la nutritiva pulpa de
la palabra, alcanza su fruto final.
De tal modo, el espacio, en el cual se mueven las Voces de Porchia
no es el común del espacio literario. Sus palabras no son
simple forma, simple ropaje destinado, a revestir la observación,
el pensamiento, como ocurre aun en la mejor literatura. La palabra
de estas Voces es carne y hueso del pensamiento; constituye un solo
cuerpo con la idea, y esta procede de regiones esenciales de la
vida humana donde se ignora el adorno, el acento superfluo, donde
impera más bien el vacío pleno, madre de la verdad,
o de la gran ilusión de la verdad.
Toda la obra literaria de contenido profundo es tal vez, en ultima
instancia, creación aforística. Es decir que hay en
ella siempre una esencia reducible a un solo pensamiento. Su extensi6n
sirve para hacer más accesible ese pensamiento fundamental;
la parábola es a menudo más soportable y más
comprensible que la verdad desnuda. En este sentido, cada una de
las verdades desnudas de Antonio Porchia podría dar materia
suficiente para un voluminoso libro. Pero, sin duda, ningún
libro es capaz de alumbrar como alumbra la luz concentrada, de sus
simples sentencias.
Para quienes la literatura, vista así, sólo es valida
cuando es auténticamente vital, cuando, como lo exigía
Nietzsche, se escribe con sangre y no con tinta, el aforismo -logrado-
es tal vez la única forma cabal entre todas las manifestaciones
literarias. Antonio Porchia, cuya única escritura es el aforismo,
no sólo escribe con la esencia de su sangre: en su dimensión,
escribir con sangre sería excesivamente pasional, sería
una limitación. Y así percibe y escribe con todo su
ser: con su cerebro tanto como con sus venas; con su oído
y con su mano; con su sueño y su vigilia; con el aire y la
nada y también con muy leve tinta, con la cual, felizmente,
fija su palabra.
Con toda naturalidad, sus palabras se expresan en paradojas, puesto
que toda verdad -que en su seno incluye tesis y antítesis
- es necesariamente paradojal.
Hay una verdad en la cual convergen todas las filosofías
desde la sabiduría oriental hasta los autores más
lúcidos de nuestro tiempo y que quedó condensada en
esta breve y célebre sentencia de Vauvenargues: "Los
grandes pensamientos vienen del corazón". Esta paradoja,
que exige la unión entre corazón y mente, podría
servir de lema a las Voces de Antonio Porchia. Con toda evidencia,
sus pensamientos provienen del corazón; mejor aun: de ese
enlace tan difícil de la mente con el corazón.
Un misterioso parentesco une los pensamientos y las paradojas de
Antonio Porchia a los de ese otro gran autodidacto y rebelde espiritual
que fue, en el siglo dieciocho, William Blake. Tal vez por la misma
misteriosa coincidencia hasta los rostros del londinense y del italo-argentino
trasuntan un notable parecido: los ilumina la luz de las mismas
verdades humanas, de una misma rara poesía.
"Un pensamiento -dice Blake- Llena la eternidad". Todos
los pensamientos de Porchia son, en realidad, uno solo, destinado
a aprehender la eternidad en un instante: el lúcido instante
de la palabra.
Uno de los hechos más auspiciosos -y quién sabe si
no redentores de nuestro tiempo - es que el nacimiento de esta nueva
era, la era de la tecnocracia, de la energía atómica,
del vuelo sideral y de los cerebros artificiales sobre todo, vaya
acompañado por una innegable resurrección de valores
espirituales puramente humanos; que justamente ahora, surjan y se
asienten con vigorosas raíces Voces como estas de Antonio
Porchia.
"a fin de que el universal equilibrio, del que somos parte
no pierda el equilibrio", para decirlo con sus propias, ya
inconfundibles palabras, nacidas de tan insólita síntesis
de pensamiento y poesía. Un fuerte destino, que sólo
distingue a las obras excepcionales, ha llevado las Voces de Porchia
- a pesar de este mundo, adverso a las verdades últimas,
en el cual resuenan - a una difusión difícil de esperar,
dado su nivel; no sabemos a qué profunda penetración
podrá conducirlas mañana.
|