Las leyes neoliberalistas del mercado, basadas en el conductismo y la manipulación, Lo abarcan casi todo; ellas estipulan que el individuo (en cualquiera de sus nombres utilitarios: espectador, ciudadano, consumidor) tiende al olvido. Bajo esta consideración, "fama" es lo que consigue un determinado elemento (sujeto u objeto) cuando a través de los mass media envía al "dominio público" la suficiente cantidad de estímulos (imágenes, lemas, nombres) como para superar la velocidad del olvido y fijarse por más o menos tiempo en la memoria colectiva.
José Polito: "Antonio Porchia creía en la unicidad de todo", en Crisis, núm. 37, Buenos Aires, mayo de 1976. La cita siguiente corresponde ala misma fuente.
Inés Malinow:"No busco la poesía; viene a mí:Antonio Porchia", en Vosotras, Buenos Aires, junio 4 de 1964.
Cit. por León Benarós en Antonio Porchia, Hachette, Buenos Aires, 1988.
Roberto Juarroz: Poesía y creación. Diálogos con Guillermo Boido, Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1980.
Daniel González Dueñas y Alejandro Toledo: La fidelidad al relámpago. Conversaciones con Roberto Juarroz, Ediciones Sin Nombre / Juan Pablos Editor, Col. Los Libros del Arquero, México, 1998. Las citas siguientes corresponden a la misma fuente.
André Breton: Entretiens 1918-1952, N.R.F., París, 1952.
Roger Caillois:"Un místico independiente", en La Prensa, Buenos Aires, febrero 12 de 1950.
Alberto Luis Ponzo:Antonio Porchia, el poeta del sobresalto.
Magdalena Saubidet:"Las Voces de Antonio Porchia" en La Prensa, Buenos Aires, junio 17 de 1979.
José Luis Lanuza:"Las Voces de Antonio Porchia", en Clarín, Buenos Aires, julio 8 de 1952.
Cit. por León Benarós en Antonio Porchia, op. cit.
La fidelidad al relámpago, op. cit.
José Pugliese: "La obra de Antonio Porchia no admite herederos", en Crisis, núm. 37, Buenos Aires, mayo de 1976.
Incluidos en la obra completa de Roberto Juarroz: Poesía vertical, Emecé, Buenos Aires, 1993. Tomo I: 1958-1982; Tomo II: 1983-1993.
La fidelidad al relámpago, op. cit. El disco, editado bajo el sello AMB Discográfica se titula: Antonio Porchia por él mismo.
Poesía y creación, op. cit. Porchia llamaba a la medianoche "la hora de las manzanas".
La fidelidad al relámpago, op. cit.
Daniel Barrios: "Estar con Antonio Porchia", en Vigilia, núm. 6, Castelar (provincia de Buenos Aires), abril-mayo de 1964.
Inés Malinow:"'No busco la poesía; viene a mí': Antonio Porchia", op. cit.
Margarita Duran: "Antonio Porchia, pensador de los jóvenes" texto incluido por León Benarós en Antonio Porchia, op. cit.
Poesía y creación, op. cit.
Cit. por León Benarós en Antonio Porchia, op. cit.
Poesía y creación, op. cit.
Roberto Juarroz recuerda: "Los editores [de Fayard] anduvieron poco menos de dos años detrás de Borges para que escribiera un prólogo. Esta petición cumplía varias funciones: primero, se trataba de un escritor que había conocido a Porchia (aunque nunca intimaron); después, el nombre de Borges permitiría que el libro se difundiera más. Sin embargo, debido a la tardanza terminan por cansarse. Me escribe el encargado de la colección para solicitarme el prólogo: sabe que he vivido muy cerca de Porchia y que tengo un texto crítico sobre él. Acepto y se lo envío. Pero por coincidencia, en el ínterin les llega una página y media de Borges, cuando ya no se esperaba esa respuesta. En Fayard son bastante responsables, y me comunican el dilema. Respondo invitándoles a actuar como inicialmente tenían previsto, dadas las razones editoriales, etcétera. Pero me informan que su deseo es colocar la página y media de Borges como prólogo, y mi texto como epílogo. Así se realiza por fin la edición". (La fidelidad al relámpago, op. cit.)
La fidelidad al relámpago op. cit.
Poesía y Creación op. cít.
| 1. LOS ESCRITORES SECRETOS
La literatura se vuelve cada vez más secreta. La cultura
audiovisual del homo videns parece depender no sólo de la
imagen sino del afán de alejar al público de la lectura
y, en todo caso, de convertir al acto de leer en una forma del entretenimiento.
Existe, sí, una reducida lista de escritores activos que
gozan de renombre; son, en su mayoría, los que por una u
otra razón han logrado ir más allá del cada
vez más arduo "umbral del olvido", según
lo llaman las tablas de la publicidad y la propaganda
. Fuera de esa lista, casi cualquier otro escritor cumple un nuevo
acto secreto con cada libro que publica. Curioso fenómeno:
a medida que se reduce el espectro literario, se amplían
---aunque esta dilatación es relativa--- los círculos
de "iniciados", esto es, aquellos que se ligan por una
u otra razón a tal o cual obra. Cada autor involuntariamente
"secreto" tendrá sus lectores y éstos, sea
cual sea su número y conociéndose entre sí
o ignorándose, formarán un círculo de iniciados.
Sin embargo, hay un exoterismo en este esoterismo: "iniciado"
es cualquiera que lea a un autor no incluido en esa lista de nombres
conocidos.
¿Qué sucede, pues, con aquellos escritores que además
eligieron como propio el territorio de lo secreto, de lo marginal,
de lo ajeno al llamado mundo de la cultura? El caso de Antonio Porchia
es climático al respecto: desde hace décadas su único
libro, Voces, editado y reeditado en Argentina por Hachette (hoy
Edicial), circula menos en los ejemplares propiamente dichos ---las
ediciones rápidamente se agotan--- que en fotocopia de ellos,
en reproducciones mecanográficas o hasta manuscritas, de
mano en mano, de oído a oído, de ojo a ojo, fuera
de los canales oficiales de distribución. Convertida cada
fotocopia en original de sucesivos copiados, con la previsible pérdida
de calidad en cada "generación", a lo largo de
estas cadenas el texto se vuelve casi ilegible (a veces incluso
se pierden las páginas iniciales y con ellas el nombre del
autor). Con todo, ya son numerosas las personas, en muy diversos
países, que atesoran esa entrega como un privilegio superlativo,
uno de esos regalos que llegan una sola vez en la vida ---con Antonio
Porchia, la iniciación en torno a un "escritor secreto",
traducida en el acto de dar, de compartir, bien puede ser entendida
en todas sus acepciones, incluida la mística.
En algunas ocasiones, la respuesta es la antropofagia; ciertos
críticos se dedican a rastrear, por ejemplo, la influencia
de Jorge Luis Borges en otros escritores, y éstos luchan
por que esa influencia no se note, por separarse de ella, por establecer
un camino "propio". Mas nadie puede reprochar la influencia
de (y a veces el plagio directo a) un autor supuestamente incógnito.
Cuando se juega el juego limpio, uno entiende que muchos de estos
escritores secretos han formado a los no-secretos porque éstos
así lo han reconocido (y dado a reconocer; por ejemplo, gracias
a Julio Cortázar las obras del cubano José Lezama
Lima o del uruguayo Felisberto Hernández fueron difundidas
---y en muchos casos conocidas--- más allá de las
fronteras de sus países respectivos). El testimonio de la
vida y obra de los autores "secretos" es claro en este
sentido: así sea involuntariamente, ellos fueron los primeros
en establecer una transmisión casi clandestina y círculos
de iniciados. Y en cuanto a Antonio Porchia, algunos de esos iniciados
se llaman Henry Miller, W. S. Merwin, Roberto Juarroz, Roger Caillois
o André Breton.
No pocas veces se ha dado el caso del plagio a las voces de Antonio
Porchia; no obstante, ahora que la inmensa mayoría de la
literatura es secreta, la presencia de ciertas figuras irreductibles
confabula para intuir el juego limpio, el reconocer que es necesaria
una redefinición de la palabra literatura. Basta entrar en
el profundo extrañamiento de ciertos escritores secretos
para adivinar que el acto literario puede ser una vía de
conocimiento.
Gracias al testimonio de esta corriente subterránea (en
el sentido norteamericano de la palabra underground) , es obvio
que los términos de que se echa mano en el "mundo de
la cultura" (no menos regido por leyes económicas que
los demás "mundos") han demostrado su caducidad.
Resulta ineludible redefinir: cuando se habla de "secreto",
ello no necesariamente significa cofradías y mucho menos
sectas cuya fuerza estriba en ser regidas por un figura a la que
nadie más conoce. Para Maurice Blanchot, el poder del arte
consiste en establecer una distancia íntima entre la obra
y quien la mira. La mirada es el más solitario de los actos,
el más anónimo y secreto. Es sólo en este sentido
que son "secretos" Antonio Porchia, Felisberto Hernández,
Efrén Hernández, Francisco Tario o Macedonio Fernández
(por limitarse al ámbito latinoamericano). Cada lector podrá
aportar nuevos nombres a la lista secreta que quizá sostiene
al mundo. Rubén Darío los llamó "los raros",
y sin duda hay en ellos una especial forma del extrañamiento;
pero no usemos esta palabra para demarcar un ghetto (la propiedad
privada de un círculo de iniciados, el conciliábulo
fuera del cual la figura deja de ser atractiva al hacerse exotérica)
sino para enunciar su fundamental demanda.
Porque la literatura (llámese secreta o de cualquier otra
forma) no "falla" por disponer de poco público,
sino acierta en ello, es decir, en heredar una llamada que por fuerza
es minoritaria mientras no se lleve a cabo su gran demanda, la de
invertir por fuerza todos los marcos de referencia mayoritarios.
Así, no es desbordante imaginar que los círculos esotéricos
pronto serán (si no lo son ya) mucho más numerosos
y potentes que los exotéricos. Acaso no esté lejano
el día en que la literatura del best seller, del entretenimiento
y la resignación, con todo su aparato, con toda su inercia
y sus deslumbramientos, volverá al sitio minoritario que
le corresponde.
Entonces el secreto será de todos y será precisamente
eso porque ---como todo secreto--- su impulso es el de comunicarse.
Una de las primeras palabras que dicen los niños es "mira",
es decir, "date cuenta", "comparte mi mirada".
Este gesto no guarda diferencia alguna con el de quien acaba de
conocer, por ejemplo, las voces de Antonio Porchia: fotocopiarlas
de inmediato, darlas a conocer, compartirlas así sea selectivamente,
es decir eligiendo a quienes pueden apreciarlas. El impulso de todo
secreto es abrirse de uno a algunos; se crean así los círculos
de iniciados. Luchar contra ese impulso lleva a la antropofagia:
es cerrarse de algunos a uno. Pero esto último requiere un
enorme esfuerzo de la voluntad (voluntad de acallar, usura del hallazgo).
Un círculo de iniciados puede contemplarse como "algunos",
pero también puede verse globalmente como "uno".
Pronto el mundo entero será un gran círculo de unos
que comunican el secreto a algunos; de algunos en algunos se tejerá
la gran distancia íntima, el máximo "darse cuenta",
el gran secreto que atañe a todos y que puede salvar a todos.
2. LOS ÁRBOLES CENTRALES
Aunque su tierra natal fue Italia, Antonio Porchia vivió
desde los 17 años en Argentina. Nacido en 1886 en el pueblo
de Conflenti, perteneciente a la provincia de Catanzaro en Calabria,
domina su niñez y juventud una errancia constante. Décadas
más tarde, el autor de Voces relata que su padre, Francisco
Porchia, había sido sacerdote y abandonó los hábitos
para casarse con una de sus feligresas, Rosa Vescio; según
esta versión, el resultado fue esa trashumancia debida precisamente
a que la familia de un apóstata no podía permanecer
mucho tiempo en un sitio determinado.
En diversas entrevistas posteriores, varios de sus familiares afirmaron
que Francisco Porchia, aunque había recibido una educación
religiosa, nunca llegó a ordenarse sacerdote; agregan que
era comerciante de maderas y que por ello se trasladó con
su familia a Avellino, donde transcurrió la niñez
y principio de la adolescencia de Antonio Porchia. "A lo mejor
Antonio lo inventó", comenta el escritor José
Polito, amigo cercano del autor de Voces, "vaya uno a saber;
no creo que la verdad histórica importara mucho para él.
En todo caso, la historia es realmente hermosa. Porchia la contaba
así, y así habrá sido entonces." 
El padre muere hacia 1900 y el rol paterno recae sobre el mayor
de los varones, Antonio, que abandona los estudios y comienza a
trabajar duramente. Tiempo después la madre decide emigrar
a la Argentina con seis de sus siete hijos; en Nápoles abordan
el vapor "Bulgaria" de bandera alemana, que tras un prolongado
transcurso los deposita en Buenos Aires. Es 1902 y Porchia, siempre
asumiendo la responsabilidad familiar, se dedica a diversos oficios
manuales (carpintero, tejedor de cestas, apuntador en el puerto)
en una época en que son comunes las jornadas de trabajo de
catorce o más horas. Al mismo tiempo, muestra una conciencia
social: a decir del pintor José Luis Menghi, Porchia milita
en las filas de la FORA (Federación Obrera Regional Argentina)
y llega a colaborar en una publicación de izquierda llamada
La Fragua.
"Ideológicamente", añade José Polito,
"al menos en su juventud, fue anarquista; luego derivó
hacia el socialismo. Con grupos de esas tendencias estuvo vinculado
en el barrio de La Boca. Una de sus voces dice: En todas partes
mi lado es el izquierdo. Nací de ese lado. Pero finalmente
terminó practicando una especie de panteísmo; creía
en la unicidad de todo, y de todo en él".
En una de las contadas ocasiones en que el autor de Voces fue entrevistado,
y en uno de los muy raros instantes en que refirió el origen
de sus poemas, aludió a dos textos fundamentales: "Mi
padre murió cuando yo era un niño. Él tenía
cincuenta años. Por eso digo: Mi padre, al irse, regaló
medio siglo a mi niñez. Trabajé mucho, era el mayor
de varios hermanos. Mi madre me adoraba. Pero el bien me ha hecho
un mal infinito. He sufrido mucho por ella. Por eso he escrito:
Otra vez no quisiera nada. Ni una madre quisiera otra vez".
Inicialmente, la familia habita en una casa del barrio de Barracas;
más tarde, hacia 1918, consigue otra, de mayor tamaño,
en San Telmo. En ese momento de bonanza, Antonio y su hermano Nicolás
compran una imprenta en la calle Bolívar, donde el primero
se dedica a los más humildes desempeños. Mas hacia
1936 el autor de Voces elige (o es elegido por) la soledad: cuando
ya sus hermanos se valen por sí mismos y han establecido
respectivas familias, deja la imprenta, ocupa una casa que ha heredado
de un hermano, en la calle San Isidro del barrio de Saavedra, y
la llena de canteros de flores y árboles frutales. Durante
un tiempo lo acompañan varios de sus sobrinos y sobrinas;
una de ellas, Nélida, recuerda: "Vivimos varios años
juntos. Tío ya había comenzado a escribir sus Voces;
cada voz le llevaba mucho tiempo, como si fueran el resultado de
una elaboración muy cuidada y muy lenta". 
A principio de los años cincuenta sobreviene la estrechez
económica y Porchia vende su casa de San Isidro y ocupa otra,
más pequeña, en la calle Malaver del barrio de Olivos.
Desde el comienzo de su vida en solitario, Porchia frecuenta un
barrio bonaerense llamado La Boca, donde viven los inmigrantes italianos.
El poeta argentino Roberto Juarroz, que disfrutó de la amistad
de Antonio Porchia en sus últimos años, reconstruye
un momento en que ambos se encuentran en las calles de La Boca:
Era aquel su barrio predilecto, uno de los más humildes
de Buenos Aires, con sus pequeñas casas multicolores, su
atmósfera de inmigrantes, la cercanía de esa oscura
corriente de agua que es el Riachuelo, las sirenas de los barcos,
los viejos bares en donde los marineros o los trabajadores del puerto
se reúnen para olvidar o recordar quién sabe qué
cosas, bebiendo y escuchando tangos. Él volvía de
visitar en el hospital a una mujer que había querido mucho
y que ahora yacía vieja, abandonada y enferma. Me repitió
la frase con que había intentado alentarla: Estar en compañía,
no es estar con alguien, sino estar en alguien. Sentí de
pronto, como muchas otras veces a su lado, que la sabiduría
no había muerto del todo y que en aquella olvidada calle
de Buenos Aires quedaba algo de la fuerza oculta que sostiene todavía
al mundo. 
En este barrio Porchia hace amistad con un grupo de pintores y
escultores anarquistas; en 1940 funda con ellos la "Asociación
de Arte y Letras Impulso", de la que con el correr del tiempo
llega a ser presidente. Varios de esos amigos (sobre todo Miguel
Andrés Camino y José Pugliese) lo instan a publicar
esa suerte de reflexiones, aforismos, sentencias que caracterizan
su conversación cotidiana y que a veces escribe en modestas
hojas de papel. No sin reticencia inicial, Porchia termina por dejarse
convencer. Elige el título Voces. Es 1943, Porchia tiene
57 años y la edición de mil ejemplares pasa casi desapercibida.
Roberto Juarroz reconstruye ese momento:
Cuando [Porchia] recibe los paquetes de la imprenta, no sabe dónde
guardarlos (su casa era pequeña y desprotegida). Entonces
pide permiso a los artistas de "Impulso" para dejar un
tiempo ahí esos libros con los que no sabe qué hacer.
Claro, pasaron uno, dos, tres meses, y los paquetes seguían
intactos, arrumbados. Hubo un instante en que los pintores comenzaron
a molestarse y le dijeron: "¿Cuándo vas a sacar
esto de aquí? Nos estorba, necesitamos el espacio".
Porchia, que era un ser increíble, se preguntó dónde
podría dejar ese fardo. Alguien le avisa de la existencia
de una "Sociedad Protectora de Bibliotecas Populares",
que coordina una serie de bibliotecas regadas por todo el país;
entonces ofrece a esta organización los ejemplares, que son
enviados a cada una de las modestas bibliotecas diseminadas por
la Argentina. Curioso principio: Porchia es un desconocido, pero
desde su primer intento editorial su obra duerme en esas bibliotecas
que cubren la república. 
Con ese acto callado comienza a tejerse la trama: el azar dispersa
por todo el territorio argentino la hoy legendaria edición
de autor. En las pequeñas bibliotecas populares de la provincia
argentina, los lectores atentos reciben ese más allá,
primero con sorpresa, luego con veneración; muchos de ellos
copian a mano las voces y comienzan a hacerlas circular. Alguno
de esos primeros iniciados envía el libro a Roger Caillois,
que durante la segunda guerra mundial se encuentra en la Argentina
trabajando en la redacción de la prestigiosa revista Sur,
dirigida por Victoria Ocampo.
Años más tarde, Caillois relata a Roberto Juarroz:
"Hallé la obra de Porchia en Buenos Aires cuando revisaba
los libros que nos enviaban los autores para comentarlos en Sur.
Claro, mandaban tantos que yo los revisaba superficialmente para
seleccionar aquellos que merecían comentario. De súbito
veo un libro muy humilde, y no sé qué fuerza hace
que me detenga y comience a examinarlo. No lo quería creer,
y no pude detenerme hasta terminar de leerlo. Después traté
de averiguar quién era el autor; nadie lo conocía,
pero lo encontré. Y dije a Porchia: 'Por esas líneas
yo cambiaría todo lo que he escrito' ".
Caillois invita a Porchia a publicar en Sur, donde son frecuentes
las colaboraciones de los más importantes escritores del
Cono Sur, así como traducciones de primera línea;
mas Caillois regresa a Francia y cuando Porchia entrega sus originales
a Sur se da un proceso significativo: "Pasa algún tiempo",
relata Juarroz, y él, que era incapaz de reclamar, se acerca
a la redacción de la revista y pregunta si le van a publicar
o no. 'Sí', le responden, 'pero ha habido algunos problemas.
Y bueno, cosas de gramática.' Los que hacen de la escritura
un oficio más o menos mecánico, basado en ciertas
normas también mecánicas, no pueden entender una expresión
que no se ajuste a esos módulos cerrados. Los redactores
de esa revista veían 'defectos' en sus textos fuera de serie,
y le corrigieron algunos. Él escuchó, no dijo nada,
no se quejó, no discutió: lo único que hizo
fue pedirles los originales y se fue. Era un ser de una humildad
ejemplar, pero al mismo tiempo con esa cosa incontrovertible, inmodificable,
que nos hace pensar en los árboles centrales, aquellos en
los que parece apoyarse todo el bosque".
Las secretas repercusiones de la primera edición llevan
a Porchia a emprender una segunda en 1948, también bajo el
sello de Impulso y con el material que ha ido acumulando en esos
cinco años. Mientras tanto, en Francia Roger Caillois traduce
las voces e incluye algunas de ellas en un número anual de
Dits (edición de Gallimard) y en la revista parisina Le Licorne.
Luego las hace publicar en una plaqueta de la serie G.L.M. o Guy
Lévy Mano (Voix, París, 1949). La lectura de esta
traducción despierta la admiración de Henry Miller
(que incluye a Porchia entre los cien libros de una biblioteca ideal,
según una encuesta de Raymond Queneau), y lleva a André
Breton a exclamar: "El pensamiento más dúctil
de expresión española es, para mí, el de Antonio
Porchia, argentino". 
En París el Club Francés del Libro considera a Porchia
en 1949 para el premio internacional a autores extranjeros, pero
no se lo otorga bajo el argumento de que "la elevación
del texto atentará contra su difusión en los círculos
más amplios". A manera de desagravio, Porchia es invitado
a visitar Francia y conversar con los surrealistas; mas el autor
de Voces declinará humildemente la propuesta, respondiéndola
con una de sus frases inefables: Las distancias no hicieron nada.
Todo está aquí. Aquel viaje trasatlántico de
sus diecisiete años sería el único en la vida
de Porchia: el poeta jamás viajará más allá
de las provincias de Buenos Aires. (El renombre de la edición
francesa dio pie a que las voces llegaran por fin a la revista Sur;
Porchia, pese a que vivía del monto de una casi simbólica
jubilación, pidió a Victoria Ocampo que los honorarios
se entregaran a algún poeta necesitado.)
Las repercusiones de la fascinación continúan: Hachette
publica en Sudamérica una selección de Voces en 1966,
cuyas sucesivas re-ediciones se agotan prontamente (con el agregado
de Voces nuevas a partir de 1974). Mientras tanto, otros idiomas
entran en la trama: Fernand Versehen incluye a Porchia en una antología
publicada en Bélgica, Poésie vivante en Argentine
(1962); en París aparece una selección en la Nouvelle
Révue Française (enero de 1964); Federico Weiniger
traduce otra entrega al alemán (revista Humboldt, Núm.
32, Munich, 1967) y en Estados Unidos el poeta W.S. Merwin vierte
al inglés y prologa su propia selección de voces (Big
Table Publishing Company, Chicago, 1969).
Ocurre un fenómeno significativo: quienes se consideran
"descubridores" de Porchia desde el mundo cultural se
apresuran a "contextualizar" las voces y encontrarles
antecedentes ya sea en los presocráticos, o bien en nombres
como los de Lao Tse, Kafka, Pascal, Nietzsche, Blake, La Rochefoucault
o Lichtenberg. Luego de publicar sendos ensayos eruditos, los "descubridores"
quedan estupefactos cuando se enteran de que Porchia niega conocer
cualquiera de esas fuentes. Descubrir a un autor secreto que ilumina
con una luz inaudita el mundo de la cultura, y que además
no se preocupa demasiado por ese mundo en particular, representa
un desafío a veces insostenible. Todo marco de referencia
de la crítica se revela obsoleto, insustancial, precario.
En las voces siempre hay algo más.
Roger Caillois hace un supremo esfuerzo por entrever ese algo más:
"Esos pensamientos no son ideas, y escasamente son pensamientos;
no revelan lógica ni psicología, sino más bien
metafísica, y una metafísica donde hay que adivinar
más bien que comprender, y al adivinar, elegir entre las
formas de adivinación la que da mayor cabida a la simpatía,
quiero decir, al dejarse estar, al abandono de distintas rigideces
o tensiones o estados de alerta de cualquier clase, que por lo corriente
son inseparables del esfuerzo intelectual. Es que, tal vez, no se
trate de esforzarse". 
El mismo intento se revela en Alberto Luis Ponzo: "[Porchia]
llegaba a la experiencia poética totalmente inocente, porque
no esperaba llegar. Pero no se llega a ninguna parte, y menos en
la poesía, sin libertad de pensar, de ver, de sentir. Es
una libertad pagada 'con mi encadenamiento a la tierra', dice Porchia.
Llegar es entonces un constante empezar a conocer; no es la posesión
del conocimiento, sino del contacto inicial con la palabra cargada
de circunstancias comunes o extraordinarias. Es un no llegar nunca,
un no saber llegar. Y una revelación no buscada a un paso
de la llegada. Las voces de Porchia fueron reveladas mucho antes
de haber sido escritas. No se adelantan a la visión, sino
que la preparan. Y también él no se adelanta a su
vida, sino que la siente antes y la ciñe a sus deberes esenciales,
a sus pocas necesidades, que de tan pocas lo hacen vivir más,
como si el ser se extendiera a medida que las cosas van desapareciendo".
O en Magdalena Saubidet: "Su pensamiento, que asombrosamente
nos recuerda al taoísmo, la parte más antigua y vital
del zen, excluye la esperanza, pero no es desesperado. Es lo que
yo considero un pensamiento 'trágico'. Su aprehensión
global de las cosas, casi física, se conjuga con la idea
del vacío. Porchia sentía dentro de sí <Voces>
cuyo origen ignoraba. Perseguía algo y trataba de alcanzarlo
con medios elementales". 
¿Qué sucede tras los sucesivos "descubrimientos"?
José Luis Lanuza se encarga de pintar la actitud de Porchia
ante todo ello: "Porchia, místico independiente, vio
su nombre en la vidriera de una librería céntrica.
Allí no le habían admitido su libro en castellano,
ni siquiera en consignación. Pero ahora el libro se llamaba
Voix y estaba datado en París. Porchia entró y compró
un ejemplar. Era mucho más caro que en castellano, pero el
dependiente se lo recomendó con efusión. Otro que
no fuera él, tal vez se hubiera indignado por el cambio de
trato dado a su obra. Pero no. Pudo pensar, con su amplia sonrisa
de comprensión: Estoy tan poco en mí, que lo que hacen
de mí, casi no me interesa". 
Mas sí le interesan ---y los atesora--- otros diálogos
más íntimos; en 1963 Alejandra Pizarnik le escribe:
"Su libro es el más solitario, el más profundamente
solo que se ha escrito en el mundo y no obstante, releyéndolo
a medianoche, me sentí acompañada, o mejor dicho amparada".
Sin duda puede hablarse del libro más solo
de la historia, pero también de aquel que convierte la soledad
ya no en el supremo obstáculo fatal del individuo sino en
la posibilidad de ruptura de todas las fatalidades. Ese libro está
tan infinitamente solo porque es la única vía en que
puede facultar el diálogo directo con el infinito, sin miedo
al vértigo, sin pavor a un vacío tan insospechadamente
lleno. "Estoy tan poco en mí", dice Porchia, acaso
porque siempre está en alguien. De ahí el destino
iniciático de cada uno de sus lectores, no menos secretos
que el autor: sólo lo que es secreto de ese modo, puede develar
todos los demás secretos, y ---he aquí la clave---
unirlos entre sí. Es a esto a lo que Porchia aludía
cuando declaró: "La poesía une, vincula; cuando
somos, somos uniones". Es lo que Pizarnik entrevé con
su frase sentirse amparado.
Roberto Juarroz hace un recuento: "Cada vez que vuelvo a la
obra de Porchia, veo reaparecer con toda su fuerza la vieja palabra
que ya casi no se usa: sabiduría. Sabiduría puesta
además en un lenguaje muy peculiar, que no le tiene miedo
a las aparentes reiteraciones: Porchia creía que no existen
los sinónimos y que cada palabra es diferente según
la postura que ocupa en la estructura sintáctica: Y si el
hombre es un hacer con él y no un hacerse él, quién
sabe quien hace con él, y quien hace con él, quién
sabe qué hace con él. Por eso a veces los gramáticos,
los críticos, los formalistas, se sienten molestos ante una
escritura como esta: en cierta manera pone en crisis sus fórmulas,
sus preceptos". 
José Pugliese, miembro en esa época de la "Asociación
Impulso", recapitula:
Porchia era muy tímido, muy introvertido, siempre se ubicaba
en el rincón más alejado de la habitación,
y hablaba poco. No hacía comentarios sobre su obra. Sólo
a regañadientes aceptaba leer alguna de sus voces en público.
No creo que haya ejercido influencia sobre los pintores amigos de
La Boca. Me arriesgo a decir que sólo una de sus voces tuvo
resonancia entre ellos, porque de algún modo sintetiza la
razón de quienes trabajan en el terreno de la creación
o la cultura. Es aquella que dice: Se vive con la esperanza de llegar
a ser un recuerdo. Sobre todo, no dejó alumnos ni continuadores;
nadie puede afirmar que ha recibido directivas de Porchia [...].
Lo real es que la obra de Porchia es cerrada, no admite herederos.
En alguna medida, esta afirmación acierta: una herencia
directa (con todo lo que ella implica de dolorosa conciencia y rigor
inaudito) resulta casi únicamente reconocible en los Fragmentos
verticales de Juarroz
No obstante, existe también la herencia indirecta (que la
demuestra como la más abierta de las obras): ella depara
que, como sucede con las coplas de Antonio Machado en España,
la gente repita las voces desconociendo al autor. Y no son infrecuentes
casos como este: en el vestíbulo de un hospital de beneficencia
en la provincia argentina, a modo de mural se hallaba en los años
sesenta una voz de Porchia escrita en grandes y titubeantes letras,
sin aportar el nombre de quien procedía: No ves el río
de llanto porque le falta una lágrima tuya.
La trama repercutiva se abre a otros medios: la voz de Porchia
es grabada y difundida en un tiraje limitado de discos de acetato.
Roberto Juarroz observa: "Se dio otra conjunción misteriosa:
durante un tiempo, una emisora radial de Buenos Aires que acostumbraba
cerrar su transmisión a media noche con algún declamador
entonando ciertas reflexiones sobre la vida, toma los discos de
Porchia para desempeñar esa mecánica. Pero qué
diferente en este caso: del mismo modo en que sus primeras ediciones
se dispersaron por la Argentina como semillas, la voz de Porchia
(lenta, honda, resonante) hizo el mismo itinerario abriendo por
algunos minutos a la medianoche un abismo: la posibilidad de escuchar
lo profundo". 
Es la época en que Juarroz encuentra a Porchia y comienza
a frecuentarlo en su pequeña casa de la calle Malaver: "No
recuerdo otro ser a la vez tan sencillo y tan pulcro. No usaba camisa
casi nunca. En verano se ponía un saco pijama y en invierno
se colocaba una bufanda debajo de un saco más grueso, ajustándola
con un alfiler de gancho. Al rato de estar con él, ponía
sobre su humilde mesa una botella de vino y un poco de queso, salame
y pan. Todo eso lo iba a comprar con una pequeña bolsa al
mercado. La amistad sencilla era su arte. La rodeaba de una inmensa
atención y una delicada ternura, tan naturales como tomar
una escoba y barrer su casa o cavar un hoyo para poner una planta
en su jardín. Y tenía además el don de las
pequeñas excepciones, como esa manzana que solía reservar
para Laura, mi mujer. Don Antonio, como le llamábamos, era
también una prueba viva de la profundidad de lo elemental,
en el luminoso contrapunto de sus palabras hondas y sus gestos raramente
limpios". 
Porchia vivía rodeado por las numerosas pinturas realizadas
por sus amigos de La Boca y que ellos le habían ido regalando;
con el paso del tiempo esos pintores (Petorutti, Victorica, Quinquela
Martín, Castagnino, Soldi, Buder, Fomer) se habían
hecho famosos y cotizados, y alguien sugirió a Porchia que
vendiera alguno de esos cuadros para desahogar su difícil
situación económica. El autor de Voces respondió:
Mis cosas son muchas y son una, si intento separarme de una.
Roberto Juarroz relata: "Un día pregunté a Porchia
cuál era el cuadro preferido de su colección. Respondió
con la humildad, la tersura de siempre. (Para describir cómo
hablaba se me ocurre una palabra muy desacreditada en nuestro tiempo:
con un supremo recato. La discreción última. Él
lo dijo: Hablo pensando que no debiera hablar : así hablo.)
Contestó: "Pues a mí me gusta uno que está
allá en el rincón". Me lleva a ese sitio y me
lo muestra: era un pequeño óleo de Fortunato Lacámera,
que representaba una pequeña mata de pasto en el solitario
ángulo de un jardín. El pintor más humilde
y la imagen más humilde: lo casi inexistente. Creo que eso
refleja a Porchia por entero. Tenía los cuadros más
opulentos, obras de los pintores argentinos más notables.
No: él prefería ese cuadro, una matita de pasto perdida
en el universo". 
Jamás Antonio Porchia se asumió como escritor "profesional"
y mucho menos buscó integrarse a la comunidad literaria.
Aceptó, no obstante, todas las invitaciones, como la de dar
una lectura en la Sociedad Argentina de Escritores, en el tiempo
en que Borges era el presidente. Prefería trabajar en su
pequeño jardín y de vez en cuando escribir alguna
voz menos para la posteridad que con objeto de regalarla a sus amigos
en un supremo acto de creación de realidad, es decir, de
verdadera poesía: Un amigo, una flor, una estrella no son
nada, sí no pones en ellos un amigo, una flor, una estrella.
En su pequeña biblioteca había ejemplares de La divina
comedia y La Jerusalén liberada. Hablaba con fluidez el italiano
pese a que había pasado más de medio siglo en el mundo
hispanoparlante.
Lo entusiasmaba la visita de los jóvenes; uno de ellos,
Daniel Barrios, testimonia un encuentro en los años sesenta:
"Su concepto de la poesía es terminante: 'Cuando es
algo no es algo, es todo. La poesía siempre es un todo. Las
demás artes, si son artes, son poesía. La poesía
une, vincula; cuando somos, somos uniones. Nosotros estamos en algún
momento, que se hace siempre, después no estamos. Lo demás
es un vacío, es lo superfluo. Nosotros vivimos de recuerdos,
de momentos, que es lo que alimenta'. [ ... ] Porchia es un artista,
y su personalidad necesaria para nosotros, aunque directamente no
se ocupe de problemas particulares. Su posición frente a
la humanidad es clara. Dice que él no lo verá pero
nosotros sí, cuando se llegue a 'otro estado de conciencia,
porque 'esto no es mío, es de todos'". 
Porchia "habla poco" y, por tanto, apenas se refiere
a ese otro estado de conciencia; menos aún llega a "teorizar"
sobre él. Sin embargo, lo encarna en cada uno de sus actos
(el casi no hacer) y palabras (el casi no decir). Ello resulta estentóreo
en Occidente, puesto que, por una vez, ese otro estado deja de ser
especulación intelectual y se vuelve algo casi tangible para
quien, a través de las voces, sabe intuirlo aunque no pueda
---como tanto requiere el pensamiento occidental--- razonar la intuición.
Las voces que hablan en la voz de Porchia son elocuentes en el
encuentro registrado por Barrios: No alcanza a señalar influencias
en su obra, "no podría". Pero agrega: "Uno
no está hecho de sí mismo, pero no podría señalar
de quién estoy hecho. Nadie está hecho de sí
mismo". Reivindica el concepto de la poesía a través
de la calidad "que es una". Además: "Cualquier
poeta es el poeta. El nombre no interesa. La cantidad no interesa".
Por otra parte: "El poeta no es una cosa hecha, es el ignorado
por sí mismo. El creador se ignora siempre. La creación
es lo que no estaba". El caudal de verdades de Porchia es inaudito:
El poeta es siempre vivo y joven siempre. El que es [poeta] sólo
tiene lo que no es". [ ... ] Por otro lado afirma que el aprendizaje
no es poesía, pues la poesía se hace no sabiéndola
hacer. [Nos dice:] "Para convivir hay que tener un estado de
conciencia. Eso es lo lindo. Vivir es convivir. Vivir es hacer vivir.
El hombre no retrocede. Puede haber hasta un suicidio de la humanidad,
pero nunca un retroceso".
Cuántas veces se ha confundido la actitud de Porchia (resumida
en ese "la poesía se hace no sabiéndola hacer")
con una supuesta defensa de la ignorancia; a la inversa, para Porchia
el no saber hacer es el punto climático de la conciencia,
aquella que, en sus estados más altos, ahonda la realidad:
El no saber hacer supo hacer a Dios.
En 1964 una joven escritora, Inés Malinow, se acerca a Porchia
intentando una entrevista ortodoxa, de las acostumbradas en el ámbito
socio-literario; pronto se da cuenta de que ante ese poeta no hay
nada ortodoxo. La entrevistadora escribe: "[Antonio Porchia]
habla de su libro. ¿Por qué lo llama Voces? Responde:
'Es difícil decir. Todo se escucha. Y se escucha de todo'.
Y así, en forma epigramática, suele expresarse. [
... ] Agrega: 'No creo estar en el surrealismo, no sé definirme
porque no soy nunca yo. Uno es una infinidad de cosas. La certeza
¿quién la tiene?' [ ... ] Concluye: Mi libro Voces
es casi una biografía. Que es casi de todos'". 
En esta entrevista varias veces excepcional, el autor de Voces
toca el terreno afectivo: "[Porchia] habla del amor: ,Sí,
no lo sé, lo tuve dos veces. Son cosas que suceden, se producen
en uno. Como no son lógicas ni regulares, están dentro
de lo imposible. Lo imposible se hace solo, no lo hace nadie...
pero es lo único que vale'. A la primera de estas mujeres
la quiso para siempre; luego, recuerda que fue la pena, la soledad
del otro ser lo que lo atrajo. Era una mujer a la que no pudo amar
al principio. Pero no se siente solo. 'Tengo muchos amigos, me resulta
muy fácil comunicarme. Alguna vez me siento solo cuando estoy
con alguien. Que no es alguien' ".
Allegados a Porchia ofrecen más perfiles de estas dos esenciales
figuras femeninas. Sobre la primera de ellas, explica Margarita
Durán: "Cuando [Porchia] se enamoró, su novia,
que padecía una afección pulmónar, se fue agravando
y murió. Nunca más volvió él a enamorarse".
A la segunda alude Roberto Juarroz: "[Porchia] había
amado mucho. Su extrema discreción no le impidió,
sin embargo, confiarnos en alguna ocasión el hondo sentimiento
que lo había unido a una mujer de vida ligera, con quien
estuvo dispuesto a casarse. Así supimos cómo ella
fue amenazada por quienes la explotaban, para que cortase esa relación.
Y también cómo él se apartó, no por
su propia seguridad, que poco o nada le importaba, sino por la de
ella". Mas
en las voces no están ausentes estos ecos: Yo también
tuve un verano y me quemé en su nombre.
Puesto que la anécdota en Porchia es siempre anécdota
del infinito, bien puede citarse en este rubro el suceso narrado
por una amiga de Porchia, Mary Souto de García Orozco: "Estando
internado por su enfermedad, al acercársele una enfermera,
él le dijo: 'Estoy enamorado de usted'. La enfermera lo interpretó
como un acto de picardía, que Porchia disipó en seguida:
'Estoy enamorado de usted, porque usted es el bien. Y yo soy un
enamorado del bien.'" 
En 1966 Antonio Porchia había sufrido una caída desde
una escalera; el golpe en la cabeza le produjo estados que sus amigos
cercanos contemplaron como de somnolencia y delirio; León
Benarós registra haberlo oído exclamar: "¡Qué
cerca estoy! ¡Cada vez estoy más cerca!" Operado
de un coágulo cerebral, se restablece por un tiempo, pero
experimenta un deterioro y muere el 9 de noviembre de 1968, a veinte
días de cumplir 82 años. Juarroz recuerda: "No
pude estar a su lado cuando murió. [...] Había rechazado,
por humildad, las invitaciones que le hicieron para visitar Europa,
pero su calidez humana lo condujo hasta el punto exacto donde debía
resbalar. Quizá no haya sentido ninguna sorpresa: Cuando
yo muera, no me veré morir, por primera vez". 
En 1979 sobreviene la gran edición francesa promovida por
Fayard en su colección Documents Spirituels, en traducción
de Roger Munier, con prólogo de Jorge Luis Borges y postfacio
de Roberto Juarroz. 
Pese a este momento de importante difusión en Europa (y
pese a los que se dieron esporádicamente en vida del autor),
la obra de Antonio Porchia parece destinada al secreto o, con mayor
exactitud, al secreto compartido: quien recibe las voces, independientemente
del modo en que llegan a sus manos (ejemplar, fotocopia, transmisión
oral), no siente que sean textos sino umbrales (y no el umbral que
"vence al olvido" sino el que se deja vencer por la memoria
verdadera). Asimismo, cada iniciado intuye que ese arribo no puede
calificarse como un acto anónimo sino como un diálogo
específicamente destinado desde siempre a ese lector en particular.
Recibir una voz, leerla, oírla, acariciarla, comunicarla,
no son actos cotidianos sino la forma de deletrear un destino (y,
tal vez, el destino). Del mismo modo, quien intenta hacerlas pasar
por el ojo de la crítica literaria, termina por entender
(o de otro modo no entiende) que las voces son, más que un
género en sí mismas, un espíritu.
El hecho de que Antonio Porchia eligiera el nombre unitario voces
ha sugerido a algunos lectores la imagen del autor "escuchando"
estas frases como en un dictado o un trance. A esto, Roberto Juarroz
responde: "Me desconcierta el verbo 'escuchar', porque no creo
haberle oído decir que 'escuchaba' esas voces. No era un
místico en el sentido tradicional, ni alguien que padece
alucinaciones. Era un ser que del mismo modo en que estaba aquí
podría haber estado en otro universo. No creo haber sentido
tanto esa sensación ante alguien. En una de sus voces dice:
Si me dijeran que he muerto o que no he nacido, no dejaría
de pensarlo. Era un individuo con la disponibilidad para pensar
lo que, según parece, no necesita ser pensado, y sin embargo
de ese pensamiento extrae lo inédito, lo que no habíamos
visto. Él vivía sus voces". 
Vivir las voces equivale a hacer vivir. Como lo prueba la trama
de repercusiones que ha marcado la obra de Antonio Porchia, el destino
de las voces se cumple en un registro más profundo que el
meramente literario. Si el mundo de la cultura se rigiera por leyes
humanas y no mercantiles, las palabras "secreto", "clandestino"
o "subterráneo", tan aplicadas a la obra de Antonio
Porchia, se cambiarían por el único concepto que en
verdad le corresponde: íntimo. Si fuera posible enumerar
cada transmisión silenciosa de sus voces, cada vida que ellas
han cambiado, cada destino que han expuesto, cada conciencia que
han lanzado al infinito, resultaría óptima la expresión
secreto a voces.
Mientras llega el momento en que la biografía de Porchia
se reconozca como la de casi todos (es decir, la de todos), queda
una imagen imborrable aportada por Roberto Juarroz: "Sólo
a él le he escuchado la singular frase con que siempre nos
despedía: Traten de estar bien. Era casi un pedido, algo
así como una apelación infinitamente tierna y delicada:
un llamado a nuestra posibilidad de ser a pesar de todo. Era como
si nos recomendase: Hagan también lo posible, aunque persigan
lo imposible. Y a veces agregaba una exhortación conmovedora,
que sintetizaba de algún modo su mejor deseo y una recóndita
nostalgia: Acompáñense". 
3. LAS VOCES REUNIDAS
En el libro que el lector tiene en sus manos hemos querido acercarnos
lo más posible a las Obras completas de Antonio Porchia.
Para facilitar una navegación que desde el principio se revela
siempre nueva y fértil en hallazgos, en las páginas
siguientes hemos numerado las voces; esta numeración no aparece
en ninguna de las ediciones anteriores. Hasta el número 601,
pues, las voces corresponden en estricto orden a la edición
de Hachette de 1974 (Voces y Voces nuevas). En la transcripción
de Voces abandonadas y Voces inéditas, la numeración
(602 a 1082) es convencional. Explicaremos brevemente por qué.
Antonio Porchia hizo una rigurosa selección de sus voces
y sólo eligió 471 de ellas para la primera edición
de Hachette en 1966, eliminando casi un número igual de textos
aparecidos en las dos plaquetas originales. (La poeta e investigadora
Laura Cerrato, en su prólogo a Voces abandonadas ,
subraya el hecho de que si bien el propio Porchia los retiró,
los mantuvo en la memoria y solía citarlos en las conversaciones.)
En 1974 la editorial argentina añade las Voces nuevas (130
voces, aquí numeradas 472-601), pero siguen quedando fuera
aquellos textos excluidos por el autor, que no serán incorporados
por Hachette a ninguna de sus ediciones posteriores. Son estas las
480 Voces abandonadas y Voces inéditas a las que Laura Cerrato
se propuso la tarea de recuperar (ambos títulos fueron propuestos
por esta investigadora). Este libro incluye, pues, ese valioso trabajo
de rescate.
La primera parte de las Voces abandonadas está constituida
por los 304 textos retirados de la edición de 1943 (aquí
numerados 602-905); la segunda comprende las 163 voces eliminadas
de la edición de 1948 (aquí numeradas 906-1068). La
generosidad de Porchia incluía regalar originales cuando,
por ejemplo, le pedían colaborar en una revista marginal;
en su edición de Pre-Textos, Laura Cerrato incluye doce de
estas voces inéditas (no recogidas antes en volumen alguno),
lo que arroja un número total de 1081. A esta cifra hemos
añadido aquí una voz, citada por Roberto Juarroz (Estar
en compañía no es estar con alguien, sino estar en
alguien). Con ello se alcanza el número tentativo de 1082
voces en lo que podría ser, hasta el momento, la máxima
aproximación a las Obras completas de Antonio Porchia.
El porqué ese número es tentativo se explica de dos
modos: el primero es circunstancial (existe siempre la posibilidad
de que se descubran otros inéditos); el segundo estriba en
el criterio de numeración. A lo largo de las sucesivas re-ediciones,
Porchia corregía con un infinito afán de precisión;
en ciertas voces abandonadas (tal como las ha recopilado Laura Cerrato)
hay variantes de voces ya publicadas por Hachette, en tres niveles.
El primero es el de las variantes mínimas; por ejemplo:
Cuando me cansa lo superficial, me cansa tanto, que necesito, para
descansar, un abismo. [Voces abandonadas, Segunda serie, 1948.]
Cuando lo superficial me cansa, me cansa tanto, que para descansar
necesito un abismo. [Voces, 1966.]
En este nivel resulta procedente contarlas como dos facetas de
una sola voz y conservar la versión corregida por el autor.
Lo mismo sucede en el segundo nivel: variantes mayores que no obstante
evidencian la misma voz. He aquí una muestra:
Y si tu alma se curara de sus males, se moriría. [Voces
inéditas, 1943.]
Creo que son los males del alma, el alma. Porque el alma que se
cura de sus males, muere. [Voces, 1966]
El tercer nivel implica, más que los dos anteriores, un
elemento subjetivo en la numeración, puesto que estriba en
voces contiguas cuya diferencia entre sí es ---a nuestro
juicio--- lo suficientemente significativa para contarse como dos
y no como una (otros lectores podrían incluir más
casos del tercer nivel, o incluso los de todos los niveles, aun
los de dos o más voces que contienen entre sí repeticiones
casi textuales). Un ejemplo del tercer nivel:
Te quedaría bien una flor en las manos, no un puñal
en las manos, e igual podrías matar con una flor. [Voces
abandonadas, Segunda serie, 1948.]
Una flor y un infinito de puñales. Y sólo una flor
mata. Está de más un infinito de puñales. [Voces
nuevas, 1974.]
Puesto que los tres niveles de variantes se suman a la obra de
Porchia ---y no sólo muestran su proceso de depuración
sintáctica sino que muchas veces iluminan la obra entera---,
el lector interesado encontrará una lista al final del volumen.
Para cerrar estas páginas, arriesgamos también una
propuesta de recorrido por las siempre inabarcables Voces de Antonio
Porchia.
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