La sustancialidad de la obra de Antonio Porchia exige una extremada
penetración y representa una experiencia impar para el que
se acerca a ella por primera vez. La dimensión de su material
verbal, la extensión formal característica de su estilo
y la totalidad encerrada en sus límites, no guardan relación
con los alcances de su significado y el entrañable peso de
las palabras.
Es muy difícil "ubicar" a Porchia dentro de la
literatura argentina, no sólo por su expresión alejada
de las tendencias más difundidas, sino por su actitud y voluntad
de responder con su vida al pensamiento esencialmente poético.
Sus creencias fundamentales no son contrapuestas a su manera de
vivir. Mientras hay escritores que esperan homenajes, triunfos y
halagos que son la muerte de la humildad, Porchia enseña
que no hay expresiones para ganar nada, sino para "ser ganado"
por la revelación y la gracia de un momento cósmico.
"Sin el poema, ¿qué es el hombre? Sin el hombre,
¿qué es el poema?" Con una forma de vida artificial,
con el frecuente desdoblamiento que se da en una obra ante las circunstancias
de su realización, no puede haber mañana en el arte,
ni mañana en los seres humanos.
Lejos de toda seducción, al margen de la despiadada competencia
literaria, Antonio Porchia iba por donde lo llevaban sus palabras,
y éstas se ajustaban desnudamente a todos sus actos. Modelado
y además era modelado por sus cualidades y sus errores. Porque
"quien dice la verdad, casi no dice nada". De los errores
puede decirse mucho más, porque "una cosa sana no respira",
no se siente respirar, diríamos, mientras vivimos sintiendo
a nuestro alrededor como sufren otros los errores del mundo, como
se mueven los hombres para cometer nuevos errores.
Porchia-escritor no ignora que sobre su vida transcurren otras
vidas y que sobre su azarosa búsqueda de verdad hay grandes
y efímeros momentos que se encargan en los pequeños
y eternos momentos del poema-voz.
Enseñar a "ganarlo todo" es la peor enseñanza
de nuestra civilización: ganar prestigio, influencia o poder
que sólo conducen a la pobreza del arte. "Y menos mal
que yo me enseñe, solo, a perderlo todo", dice con voz
y ojos que no sólo denuncian la profundidad de su mente,
sino la dignidad extraña y dulce para saber desprenderse
de lo innecesario, así sea en el lenguaje como en la vida
diaria, en esa otra profundidad de la subsistencia difícil.
Si hubiera que resumir en una sola de sus Voces la clave de esta
subsistencia, tal vez serviría de ejemplo la que expresa:
"He llegado a un paso de todo. Y aquí me quedo, lejos
de todo, un paso".
¿No llegó justamente a un paso de todo Antonio Porchia?
¿No estaba lejos de todo: de los aplausos, de las riquezas,
de "la degradación del nivel de vida y la soberanía
del objeto", como dice Octavio Paz?(1) ¿No estaba un
paso del universo y lejos de las ambiciones que lo desintegran día
a día? ¿No estaba a un paso del infierno y del paraíso,
cuando confesaba: "Iría al paraíso, pero con
mi infierno; solo, no" ¿No estaba lejos del dolor y
de la felicidad, cuando admitía que "Herir al corazón
es crearlo"?
El creaba su corazón a cada instante. No escribía
sobre su vida, sino "desde" su vida. Por eso no empleaba
la extensión, sino la intensidad.
El decía: "Mi última creencia es sufrir. Y comienzo
a creer que no sufro".
Por eso creía tanto y no hacía ninguna obra. De acuerdo
con su propio pensamiento, las Voces "se hacían"
en él.
Llegaba a la experiencia poética totalmente inocente, porque
no esperaba "llegar". Pero no se llega a ninguna parte,
y menos en la poesía, sin libertad de pensar, de ver, de
sentir. Es una libertad pagada "con mi encadenamiento a la
tierra", dice Porchia. Llegar es entonces un constante empezar
a conocer; no es la posesión del conocimiento, sino el contacto
inicial con la palabra cargada de circunstancias comunes o extraordinarias.
Es un no llegar nunca, un no saber llegar. Y una revelación
no buscada a un paso de la llegada. Las Voces de Porchia fueron
reveladas mucho antes de haber sido escritas. No se adelantan a
la visión, sino que la preparan. Y también él
no se adelanta a su vida, sino que la siente antes y la ciñe
a sus deberes esenciales, a sus pocas necesidades, que de tan pocas
lo hacen vivir más, como si el ser se extendiera a medida
que las cosas van desapareciendo.
"He abandonado la indigente necesidad de vivir. Vivo sin ella".
¿Vivía él realmente sin esa necesidad, o necesitaba
privarse de las cosas, para comprenderlas? ¿Nacieron sus
Voces cuando se sentía más incomunicado, o llegaron
a él después de unir todas las Voces que lo acompañaban,
de lejos y de cerca?
Las alusiones ahora la soledad, al vacío, al dolor --contingencias
que trata sin amargura, con inflexible conducta, que no reclama
ningún consuelo o protección-- son frecuentes y constituyen
temas envolventes de inesperados sesgos expresivos. Pero significan
además de una actitud abnegada, un elemento reflexivo que
introduce en la escritura para iluminar los lados opuestos de la
reallidad..
En esta forma Porchia recurre a lo pasajero para hacer ver la eternidad,
a la caída para hacer sentir el ascenso, a la pequeñez
para acercarse a la grandeza, a la oscuridad para alumbrar el lenguaje.
Logra por último remover su experiencia hasta el abismo
y desde allí, sin engaños ni desvaídos discursos,
con la altura de un idioma fraternal, "con el aire y la nada",
como afirma Voggelman,(2) viene a nosotros.
UNA CLARIDAD DOLOROSA
Las palabras se emplean para "asentar" el conocimiento,
como ha dicho Pedro Salinas (16), son objetos que deben su expresión
a todo lo que sucede en el mundo, pero tienen también una
modulación propia que se debe a lo que ellas mismas sugieren
o provocan más allá de la experiencia.
Porchia ha llevado esa provocación a una extrema severidad
y a una claridad dolorosa.
¿Puede aquí hablarse sólo de palabras, existiendo
antes de la expresión una preparación mental tan intensa?
¿No hallamos en la denominación elegida por Porchia
la más apropiada categoría para una luminosidad verbal
donde "todo tiende a unirse" implacablemente?
Estas Voces, como sismos invisibles y silenciosos, cambian la realidad
de lugar, abren y cierran brechas, levantan y hunden los bordes
que antes estaban en el nivel exacto del lenguaje.
La totalidad de esta acción, dentro de sus bellas características,
es "construida dialécticamente a partir de sus momentos",
como si cada fragmento encerrara una doctrina poético-filosófica.
Pero Porchia no pretendía fundar ninguna teoría sobre
la realidad ni trascenderla a la manera idealista.
Los momentos vividos se relacionan como piezas sensibles y entrañables,
se dirigen siempre hacia aquella totalidad, donde más necesaria
es la adhesión del hombre.
Voces como sismos: buscan la identidad del ser y para ello, desde
el fondo del cráter, funden experiencias y provocan otro
resplandor sobre la vida: "Me es más fácil ver
todos las cosas como una sola cosa, que ver una cosa como una sola
cosa".
Estos sismos hacen ver el lenguaje en todas sus dimensiones. Lo
invierten, lo desnudan, lo dividen, lo unen, lo excavan. Hay lugares
vírgenes, canales deshabitados o pasajes subterráneos
donde se establece la comunicación.
Éste es el lenguaje "más poético",
al ser el "más largo". Cada partícula de
poesía está casi vacía de lenguaje y llena
en cambio de misterio: "Soy un habitante, pero, ¿de
dónde?
"Tarea, pasión, paciencia y el humilde verbo hacer":
tal vez en estas decisivas palabras de Roger Caillois (17) se encuentren
las únicas claves poéticas de Antonio Porchia, uno
de los autores argentinos que él más admiraba.
El hacer, al ser pasión, no conoce tiempo. Porchia sentía
como pocos el peso, de la existencia y otro era el "tiempo"
que le preocupaba, no el superficial transcurrir de los años:
el que deja huellas sobre el hombre de los días y de los
siglos, que es distinto al que algunos consideran al margen de la
historia. No el tiempo-muerte, sino el tiempo-vida.
EN EL LUGAR DE LOS DESPRENDIMIENTOS
Lo instantáneo, lo presente y lo próximo son los
pilares en que se sostiene la idea mágica de la realidad,
en un sentido dinámico que impide toda ambigüedad o
confusión. Hablar de otras presencias fuera de las cosas
en que se manifiesta esa realidad, sería poner en duda muchos
de los atributos que Porchia buscaba desentrañar en contacto
con el mundo; el misterio, el infinito, la belleza, el abismo.
Consideramos estos términos como propios de una experiencia
vital y de un pensamiento inagotable que no rehuía ningún
compromiso personal, ante la suposición de sus contenidos
abstractos.
¿Qué mayor compromiso que el de un arte desnudo,
animado por la necesidad de "asir la vida en medio de la corriente"
como afirma Svanascini (18) al explicar el pensamiento Zen?
Porchia no ha hecho otra cosa que retener exclusivamente las resonancias
de esa corriente, aunque también ha dejado entrever los silencios
que no pueden asirse y las notas que se ocultan en el lecho agitado.
El instrumento poético puede bucear dentro de la vida del
ser conteniendo el aire, manteniendo una respiración breve
hasta la extenuación. No se prolonga más allá
del extremo en que sería convertida en un mecanismo estéril
o en una fórmula altisonante. A veces sucede lo contrario:
está tocando ese extremo y lo cruza a pesar suyo por un lugar
demasiado estrecho, como para que sólo pueda pasar el silencio.
Y hay que comprender ese silencio en toda su intensidad.
Son estados reflexivos, desgarramientos de quien puede decirse,
como Octavio Paz (19) al hablar de Basho, que eligió "un
camino hacia una suerte de beatitud instantánea, que no excluye
la ironía ni significa cerrar los ojos ante el mundo y sus
horrores". También "nos enfrenta a visiones terribles"
y nos alerta sobre el engaño de muchas ideas, el peligro
de las apariencias y los equívocos de nuestro razonamiento.
A lo racional Porchia opone lo sensible, lo absurdo y lo irrevelable
dentro de una visión directa: "¡Quién para
verme me mira, qué mal podrá verme!" Así
también se verá mal el mundo, si no buscamos en la
experiencia todas las visiones posibles, y hasta las que ofrecen
el vacío como única visión. Este vacío,
para Porchia, está unido a un "sentimiento de universal
simpatía con todo lo que existe, esa fraternidad en la impermanencia
con hombres, animales y plantas", como ha observado Paz al
profundizar en el budismo.
Más cercano a esta actitud carnal que a una modalidad estética,
el autor de Voces es por eso uno de los más sinceros e insobornables
testigos de nuestro tiempo.
Se diría que sólo es admisible el "presente"
en las Voces de Porchia. Esa parte del tiempo que para ser eterna,
como dice en un fragmento esclarecedor, "es siempre lo recién
nacido o lo recién muerto".
Entre lo que llega y lo que se va, se detiene apoyándose
en la más pequeña grieta, en la separación
que le sirve de rastro: es un hombre que se ubica en el lugar preciso
en que se suceden los desprendimientos.
CON EL MÁS DEPURADO FULGOR
Antonio Porchia, como Rimbaud ,(20) sin llegar a los límites
de su "insurrección contra la sociedad condicionada",
ha hecho de la poesía un acto más significativo que
la palabra, una toma de conciencia que como un hilo conductor carga
sus Voces de energía para expresar su dolor, su descontento,
el amor por la "verdadera vida" y el desdén por
la vida social y la magnificencia: "Todo lo grande de los pequeños.
Nada: lo grande de lo grande ".
Pero si en Rimbaud hay "frustración y fracaso",
en Porchia hay apacible aceptación y triunfo en la inocencia
y en la soledad: "Quise alcanzar lo derecho por sendas derechas.
Y así comencé a vivir equivocado". No obstante
el peligro de esta equivocación, encuentra la forma de sobrellevar
una vida resuelta en profundidades, no en satisfacciones o estímulos
artificiales: "En mi viaje por esta selva de números,
llevo un cero a modo de linterna"
Porchia va más allá todavía de su renunciamiento.
Quienes lo conocieron saben que no escribía sobre su pobreza,
sino que vivía circundado por ella, como un arma preciosa
para oponerse a la "necesidad" sin necesidad: "Cuando
me conformo con nada es cuando me conformo con todo".
Otras necesidades vienen a ocupar el vacío de las cosas
perdidas o rechazadas. Van abriendo otro mundo a medida que desaparecen
en la vida de Porchia. Las Voces son como los moldes de arcilla
en que toman forma las revelaciones a medida que se suceden los
padecimientos: "Se me abre una puerta, entro y me hallo con
cien puertas cerradas ".
Es el poeta nuevo que no propone fórmulas herméticas
ni soluciones intelectuales para redimirse. Hace pensar constantemente
en la realidad y en las posibilidades de transformarla con el arte,
en un plano que lo acerca a la poesía surrealista al no ser
sólo la "explicación de lo que pasa en el hombre,
sino parte viviente de él" y "un vertiginoso descenso
en el interior del espíritu". Para hacernos pensar en
la realidad, Porchia no recurre a procedimientos reñidos
con esa otra realidad de la materia poética. En él
parece no diferenciarse el contenido de los dos mundos: cuando más
intenso es el de su vida, más penetrante y luminoso se hace
el de sus palabras, como dos partes complementarias y nutricias
de un mismo concepto.
"El hombre no va a ninguna parte. Todo viene al hombre, como
el mañana". Hay tanta sencillez y tanto vértigo
en esta construcción poética, que se sienten avanzar
los instantes, ese mañana que está tocándonos,
que nos mueve aunque no avancemos un paso.
¿Cómo pensar en ese "mañana" en
dimensiones extrañas a la naturaleza del hombre? ¿Cómo
pensar en ese "mañana" sin el hombre de hoy?
Las "nuevas divinidades de la técnica" y los "casi
sobrehumanos" protagonistas de nuestra era de viajes espaciales,
como dice una escritora,(21) no nos hacen olvidar a los seres de
profunda pasión por las contingencias terrestres como Porchia.
Su infinito e insaciable poder de conocimiento no sólo se
suma a la pequeña historia de cada individuo, sino a la incesante
aventura de la humanidad. Otra historia, en fin, en la cual obran
las palabras más simples y naufragan las más ambiciosas.
"El hombre es uno, el río es uno, el astro es uno.
Uno, uno, uno. Hay un Infinito de uno. ¡Y no hay ni un dos!",
exclama Porchia. La diversidad de "unos" se opone a la
uniformidad de algunos. La solidaridad nace cuando cada uno crea
solidaridad, no cuando entre todos se inserta una ilusoria sensación
fraternal.
No tenemos que ir muy lejos, en el mundo o en el alma humana, para
darnos cuenta de que en la actualidad parece ganar terreno la segunda
de las instancias. Por eso dice Porchia: "No comprendo cómo
el hombre puede ser el hombre. Porque el hombre es lo que hay en
él y lo que hay en él no es el hombre. " ¿No
se ha "manifestado" como es, o su ser ha sido aniquilado
por la insensatez? De acuerdo con otra de las Voces, es más
probable la primera hipótesis: " Y si llegaras a hombre,
¿a qué más podrías llegar?"
La ironía inocente, ligeramente cáustica de Porchia,
envuelve este juicio dramático: "¿Qué
diría de la humanidad de hoy? Diría que sus calles
son anchas".
Sus críticas a la humanidad de hoy son de una sinceridad
desafiante. No tienen el carácter de una denuncia ingenua:
son Voces de alarma, llamados a la comunión, a la iluminación.
"Al ser algo, somos uniones", dice Porchia. "Al
ser algo, somos poesía, sino no somos ". Es esa poesía
- vida futura en el interior del hombre que ha ganado en calidad,
según René Char - la que Porchia encarna, irreductiblemente,
con el más depurado fulgor.
ERA COMO LO QUE ESCRIBÍA: CALMA, TENSIÓN Y MOVIMIENTO
ARDIENTE
"Suele parecer poco quien es mucho", decía Porchia.
El era mucho y no parecía nada. No parecía un hombre
común y era el más común de los hombres. No
era un ángel, sino un ser de esta tierra" "una
nebulosa lejana" que se comportaba de una manera angélica.
Si no existieran las Voces no sabríamos todo lo que sabemos
de él, no conoceríamos su personalidad. Pero sólo
por su personalidad pueden comprenderse las Voces que "se decía":
"Lo que me digo, ¿quién lo dice? ¿A quién
lo dice?"
Era un hombre que hablaba a otros hombres, no un escritor escribiendo
para un público determinado. Sabía lo que daba; no
sabía a quién lo daba. No sabía que quien recibía
su voz, no era igual a lo que era un momento antes. Hubiera podido
decirle entonces lo que él decía: "Cuando me
hiciste otro, te dejé conmigo".
Decir la verdad es hacer vivir. El engaño es la muerte del
deseo, de ese primer deseo que no busca nada, sino que es buscado
por la belleza. La verdad, en cambio, se manifiesta sobre toda necesidad
objetiva y resplandece cuando puede dar paso a la vida de los demás,
aun con el sacrificio o gracias a él.
¿Cómo hacer vivir --se preguntará Porchia--
sin sacrificar algo de la propia vida? ¿Cómo escribir
una sola línea sin acercarse al abismo? Muchas tentativas
son inútiles y los esfuerzos a veces concluyen en el vacío.
Sabe que es a sí y no se echa atrás: "Por lo
que doy la vida, a veces no daría nada, pero siempre doy
la vida"
En la personalidad de Porchia existe la misma claridad y la misma
oscuridad que en sus Voces. Era como lo que escribía: concentrado,
lleno de calma, pero también de tensión, de movimiento
ardiente.
"En su dulce y bendecidor mirar de mansa y limpiadora agua
lustral --dice Galtier-- deja caer, cuando se vuelve hacia adentro,
un negro y duro carbón encendido." Quien haya mirado
una sola vez a Porchia, podrá sentir todavía en su
mirada esa mansedumbre, que escondía la agitación
profunda de su pensamiento, la sustancia lentamente macerada de
sus Voces.
"No parecía un hombre --asegura Roberto Juarroz-- sino
más bien lo que podía llegar a ser un hombre."
Una humanidad distinta transitaba por él. Había llegado
a ser en una vida lo que a veces tarda siglos en realizarse, por
medio de la evolución. Lejos de pensar en un ser superior,
considero que era así porque no pretendía superar
a nadie ni alcanzar ningún poder.
No era un visionario. Como visionario, ¿hubiera llegado
acaso a ver más? ¿Hubiera llegado a renunciar a su
mirada, para encontrar otra visión? ¿Hubiera podido
renunciar a esa visión para volver los ojos al misterio,
de donde partía?
Anécdotas, episodios, etapas de la vida concreta y consciente
no significan demasiado para el conocimiento del ser de Porchia.
Su ser era la palabra misma, su realidad estaba más allá
de su existir real: estaba en sus Voces.
Su existencia total era una permanente búsqueda de otras
realidades. En la vida corriente hacía lo que hacen todos
los seres normales, "más" lo que sólo podía
hacer Porchia.
"Cada uno es su lenguaje", dice Juarroz, y él
disponía de dos vidas: la suya y la de sus Voces. Veía
a través de sus ojos y los ojos de sus palabras. Sentía
por su vida y por ese otro organismo sensible de la expresión,
con asombrosa intensidad.
En Porchia, como en todos los auténticos poetas, hay una
"contemplación " de la palabra, y de ahí
surge su parentesco con la práctica del Zen. Entre las sugerencias
dadas por el yogui chino Chang-Chen-Chi(22) figura sobre todo una
que parece apropiada para interpretar el pensamiento de Porchia:
"Tratar de ponerse en un estado de ánimo semejante al
del "sobresalto". La "sensación de contemplar"
y este estado de ánimo son quizás las más directas
impresiones que trascienden después de leer Voces. También
son los hilos más firmes que nos conectan con su personalidad.
Para definirla bastaría un instante, pero toda una vida
está hecha de actitudes que se mueven como los acontecimientos.
El movimiento forma o registra una serie de reacciones o respuestas
para cada situación que debe enfrentarse. Parecería
que en Porchia no se manifiestan bruscas oscilaciones y cambios
imprevistos. Sin embargo, su vida ha sido difícil desde su
llegada a la Argentina con su familia, luego del fallecimiento de
su padre, "que había sido cura, y había dejado
los hábitos para casarse con la madre de don Antonio",
en Italia. Esta historia no es así para algunos parientes
de Porchia, pero nadie dudaría, aun en el caso de que hubiera
tenido educación religiosa sin llegar a ordenarse sacerdote,
que dejó en el hijo mayor un hermoso recuerdo: "Mi padre,
al irse, regaló medio siglo a mi niñez".
Pero fue algo más que tiempo lo que recibió de aquel
hombre: "su bondad sin límites, su personalidad fermental".(23)
También la inclinación protectora, la necesidad de
vivir antes que seguir una profesión, una "carrera".
En suma, otra dimensión del conocimiento y de la formación
del ser humano, que lo llevaría a decir, muchos años
después: "Como me hice, no volvería a hacerme.
Tal vez volvería a hacerme como me deshago ".
"Echó su suerte con la vida --explica Galtier-- y fue
su suerte una sola con la vida. Marcado estaba su destino. Y la
vida fue puntual para él y rigurosa." Tuvo que aceptar
humildemente los trabajos que encontraba en una época de
crisis económica. Su biografía de esos años
--segunda década del siglo-- podría resumirse como
lo expresó en una de sus Voces: "Mi primer mundo lo
hallé todo en mi escaso pan". Pero era "su"
mundo y después nada le faltó, aunque "se quemara"
para tener lo que los yoguis llaman "conciencia de sí
mismo". Veló como ellos para que su mundo no fuera realmente
pobre.
"Fue apuntador en el puerto, cestero improvisado, ayudante
de tareas generales en una imprenta", pero tuvo tiempo también
para hacer frente a un mundo extraño, en el que había
que hacer tareas más duras todavía: ese mundo de "las
potencias del espíritu" al decir de Artaud, "que
junto al de la naturaleza iban a llevarlo por otro camino. Quién
sabe si al darse cuenta de lo que iba a sucederle, dijo su frase
más difundida: "Dirán que andas por un camino
equivocado, si andas por tu camino ".
Belleza y sabiduría fueron a lo largo de su vida sus auténticas
ganancias, en medio de la pobreza material y de su incapacidad para
alcanzar lo que llamamos desaprensivamente una "buena situación".
"He abandonado la indigente necesidad de vivir. Vivo sin ella"
decía seguro de sí mismo y de todo lo que encontraba
en su vida, a pesar de lo que estaba perdiendo. Sus balances no
tenían cifras, sino Voces.
Fue un hombre desinteresado, pero no despreocupado. Intereses y
preocupaciones tenían signos contrarios, como el valor que
daba a las cosas. Su elección no era resultado de una actitud
meramente espiritual. Si alguien llamara altivez a esa obstinada
actitud, tendríamos que reconocer una altivez de sentimientos,
no de gestos o de creencias absolutas.
Cuenta el pintor Adolfo Menéndez al rememorar las reuniones
de la Agrupación Impulso, durante un breve período
en el que Porchia se desempeñó como presidente, que
en esa función "fue un fracaso; ¡pero si nunca
hablaba! Sonreía, saludaba, pero para hacerlo hablar tenían
que obligarlo".
"Porchia era muy tímido, muy introvertido. Siempre
se ubicaba en el rincón más alejado de la habitación,
y hablaba poco",. recuerda José Pugliese. ¿Cómo
podía ser distinto un hombre que había llegado a entrever
una comunidad tan intensa, más allá de toda manifestación
verbal? ¿Cómo podía mostrarse en otra forma
quien había dicho: "La compañía no es
estar con alguien, sino estar en alguien'?
Su parquedad era respeto hacia los demás, imposibilidad
de mentir una relación que no sentía, o temor a desvirtuar
una amistad que lo conmovía. Su, timidez era el otro lado
de su fraternal entrega, de su pensamiento en expansión.
Como ocurre en los seres más sensibles y retraídos,
Porchia "solía ser muy conversador con sus amigos",
dice Nélida Orciroli. En una de esas conversaciones, poco
difundida, escribe Daniel Barros: "Esto iba a ser en primera
instancia un reportaje, pero a raíz de la personalidad del
entrevistado se convertirá en una charla, en un diálogo.
A Porchia no le gusta lo formal. Es algo impar dentro de la literatura
argentina, el espíritu en inabarcable medida, la austeridad
en persona. Porchia vive muy modestamente, es más, no creo
que ningún escritor viva tan modestamente como el autor de
Voces. Y él sabe vivir muy bien así. Rodeado de cuadros,
de libros, de recuerdos al fin, vive en su casa de la calle Malaver
en Olivos. Él va a la feria, hace su comida, vive consigo
mismo y, por consiguiente, con todos. Cuando le digo que le voy
a hacer una entrevista, responde que nosotros (los jóvenes)
hagamos, ya que sabemos hacerlo. Que él no sabe nada. Y esto
no es pose, Porchia es un artista, y su personalidad necesaria para
nosotros, aunque directamente no se ocupe de problemas particulares.
Su posición frente a la humanidad es clara. Dice que él
no lo verá pero nosotros sí, cuando se llegue a "otro
estado de conciencia" porque "esto no es mío, es
de todos" Y quien pronuncia estas palabras, sagradas palabras,
vive muy precariamente, pero pese a ello dice que 'Siempre he estado
peor que ahora "e" Incluso puedo comer alguna vez bien.
Antes no Y nos lo dice con humildad, no con lástima. Su altura
espiritual le hace negar a ese estado "ideal" de vida
que preanuncia, carácter político."
Así hablaba Porchia, con increíble naturalidad y
soltura. No sólo de temas importantes, sino de "sus
plantitas" o de los derechos de autor que le tocaban cuando
empezaba a venderse aquel libro que antes las librerías guardaron
en el depósito. Hacía trascendentes las cosas más
ínfimas, o transformaba aquéllas en corrientes y accesibles
con sorprendente facilidad.
"El ser sano no está solo", dice Juarroz, y Porchia
vivía en la mayor soledad para estar "en alguien".
Y después sanaba a los otros con su compañía.
"La lámpara del cuerpo es el ojo --enseña uno
de los versículos de Mateo--; así que si tu ojo es
bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz".(25) Las
Voces de Antonio Porchia son como ese ojo: iluminan su personalidad,
su pensamiento, con más intensidad que el lenguaje común.
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