I
¿Cómo fue su encuentro
con Antonio Porchia?
Una de las más apasionantes facetas de la vida poética
(no de la vida socio-literaria, que detesto) son los encuentros,
sobre todo los no buscados. La experiencia humana es tan rica y
trae tantas sorpresas. Como en el amor, los encuentros no buscados
son siempre los más frescos. Yo no busqué, por ejemplo,
a Julio Cortázar: fue un libro que vino, otro libro que fue,
unas cartas. El texto con que Cortázar presenta Tercera Poesía
vert¡cal es una "Carta-prólogo"; claro que
él la escribió con esos dos fines, pero el título
también evidencia que no había una relación
de conocimiento inmediato, personal. No recuerdo esa carta, no la
recuerdo de memoria (no recuerdo casi ninguna de mis cosas de memoria),
pero me parece que en ella Cortázar no utiliza el "tú"
sino el "usted". A pesar de esa correspondencia nunca
hubo mayor acercamiento.
Esto también me ha pasado con Borges. Sí, compartimos
alguna vez una mesa redonda, por ejemplo. Se dio también
la coincidencia de que durante muchos años vivimos en un
mismo pueblo llamado Adrogué, lugar de calles arboladas,
cruceros en diagonal, pequeño laberinto (como te gustaría
decir). Él mismo se pinta en Adrogué:
Nadie en la noche indescifrable tema
Que yo me pierda entre las negras flores
Del parque, donde tejen su sistema
Propicio a los nostálgicos amores
O al ocio de las tardes, la secreta
Ave que siempre un mismo canto afina,
El agua circular y la glorieta,
La vaga estatua y la dudosa ruina.
Yo lo observaba andar por esas calles: absorto, casi no veía
las cosas, casi no veía la gente, pero al hallar algún
papelito en la vereda se apresuraba a recogerlo, quizá pensando
que encontraría la cifra, la clave. Pero nunca lo traté
personalmente. Evito aquellas oportunidades que no se dan con espontaneidad,
con la naturalidad de las cosas llanas que fluyen solas. Y casi
siempre esta actitud me ha dado los mejores resultados.
Como una de las poquísimas excepciones, yo busqué
el encuentro con Antonio Porchia; se trata para mí de una
historia bastante conmovedora. Tengo un amigo, hombre de gran talento,
que en una época fue maestro y tenía una pequeña
escuela en una zona de la Argentina que se llama El Chaco. Años
antes, Antonio Porchia, a instancias de sus amigos, publica sus
Voces en dos pequeñas ediciones de autor. (La gente desprecia
ese tipo de ediciones; tendría que fijarse realmente en ellas:
implican un esfuerzo, un sacrificio, una resistencia irremplazables.
Como dice Gaëtan Picon, las obras de valor nacen siempre contra
una resistencia, que no es sólo interior ---la incapacidad
de quien escribe o su lucha contra el lenguaje---, sino también
exterior.)
Porchia había trabajado en dos o tres oficios muy humildes;
frecuentaba un barrio de Buenos Aires que se llama La Boca, en el
cual hay muchos artistas. Un grupo de pintores se reunía
bajo uno de esos nombres característicos de los socialistas
de fin de siglo: "Asociación Impulso". Ellos convencieron
a Porchia de publicar lo que había ido escribiendo, esas
inclasificables voces que apuntaba en modestas hojas de papel. El
resultado, por supuesto, son dos rústicas ediciones, hoy
joyas bibliográficas. Cuando recibe los paquetes de la imprenta,
no sabe dónde guardarlos (su casa era pequeña y desprotegida).
Entonces pide permiso a los artistas de "Impulso" para
dejar un tiempo ahí esos libros con los que no sabe qué
hacer.
Claro, pasaron uno, dos, tres meses, y los paquetes seguían
intactos, arrumbados. Hubo un instante en que los pintores comenzaron
a molestarse y le dijeron: "¿Cuándo vas a sacar
esto de aquí? Nos estorba, necesitamos el espacio".
Porchia, que era un ser increíble, se preguntó dónde
podría dejar ese fardo. Alguien le avisa de la existencia
de una "Sociedad Protectora de Bibliotecas Populares",
que coordina una serie de bibliotecas regadas por todo el país;
entonces ofrece a esta organización los ejemplares, que son
enviados a cada una de las modestas bibliotecas diseminadas por
la Argentina. Curioso principio: Porchia es un desconocido, pero
desde su primer intento editorial su obra duerme en esas bibliotecas
que cubren la república. Y a ellas acude gente humilde que
lee poco pero muy bien. Al paso de los años, esa primera
dispersión completó una figura del azar.
A estas alturas aparece de nuevo mi amigo, maestro en El Chaco
santafecino. Llegado el fin de semana caía en el mayor aburrimiento:
acudía al bar, vagaba por ahí. De pronto descubre
que hay una biblioteca: acude entusiasmado, todo lo mira, lo revuelve,
y da con uno de los libros de Porchia. El impacto de la lectura
es tal, que pide prestada una máquina de escribir, copia
el libro y me lo envía Comparto su asombro. Cuando mi amigo
regresa a Buenos Aires en un periodo de vacaciones, nos ponemos
de acuerdo para investigar dónde vive el autor y buscarlo.
Así fue. Lo encontramos. Es una historia larga y apasionante.
Lo curioso es que un encuentro similar con la obra de Porchia me
sería referido en París años más tarde.
A través de la misma serie de misteriosas y calladas repercusiones,
el libro de Porchia se edita en Francia en una plaqueta muy fina,
muy grata, de la serie G.L.M. Yo realizaba unas investigaciones
en la capital francesa, y un día me viene a la mente esta
edición y su traductor, Roger Caillois, quien durante la
segunda guerra mundial había estado en la Argentina y que
en ese tiempo en París desempeñaba el cargo de director
de asuntos culturales en la UNESCO. Tras una estancia de seis meses,
en la cual yo no había enviado mi primer libro de poemas
a nadie, se lo hago llegar a Caillois. Recuerdo la dedicatoria:
"A Roger Caillois, en la memoria unitiva de Antonio Porchia".
Él se extraña de esto, y al otro día me llama
al pequeño hotel del barrio latino en que estoy hospedado:
"¿Cuándo lo puedo ver?" "Yo voy a visitarlo",
respondo, "usted está más ocupado que yo."
Nos encontramos en la UNESCO y Caillois no sólo había
tenido la generosidad de traducirme (me mostró quince de
mis poemas ya traducidos), sino que me preguntó de inmediato:
"¿Usted conoció a Antonio Porchia?" "Sí,
fuimos muy amigos."
Entonces Caillois me hizo esta confesión: "Hallé
la obra de Porchia en Buenos Aires cuando revisaba los libros que
nos enviaban los autores para comentarlos en Sur. Claro, mandaban
tantos que yo los revisaba superficialmente para seleccionar aquellos
que merecían comentario. De súbito veo un libro muy
humilde, y no sé qué fuerza hace que me detenga y
comience a examinarlo. No lo quería creer, y no pude detenerme
hasta terminar de leerlo. Después traté de averiguar
quién era el autor; nadie lo conocía pero lo encontré.
Y dije a Porchia: 'Por esas líneas yo cambiaría todo
lo que he escrito.'"
El azar dibuja las mejores figuras: a través del hallazgo
de un amigo, y la sorpresa que me provoca la obra de Porchia, yo
fui en busca de éste; a Caillois lo visitó de una
forma similar. En ambos casos se trata de lo inesperado, lo imprevisto:
lo disponible está jugando y desencadena el empalme, como
encuentro, en el descubrimiento de un hombre.
II
Porchia acostumbra recorrer las calles en completa soledad. En
el epílogo a la edición francesa de Voces (Voix, Fayard,
París, 1979), Juarroz escribe: "Recuerdo unas palabras
que me dijera cierta tarde mientras caminábamos por una calle
de La Boca. Era aquel su barrio predilecto, uno de los más
humildes de Buenos Aires, con sus pequeñas casas multicolores,
su atmósfera de inmigrantes, la cercanía de esa oscura
corriente de agua que es el Riachuelo, las sirenas de los barcos,
los viejos bares en donde los marineros o los trabajadores del puerto
se reúnen para olvidar o recordar quién sabe qué
cosas, bebiendo y escuchando tangos. Él volvía de
visitar en el hospital a una mujer que había querido mucho
y que ahora yacía vieja, abandonada y enferma. Me repitió
la frase con que había intentado alentarla: Estar en compañía
no estar con alguien, sino estar en alguien. Sentí de pronto,
como muchas otras veces a su lado, que la sabiduría no había
muerto del todo y que en aquella olvidada calle de Buenos Aires
quedaba algo de la fuerza oculta que sostiene todavía al
mundo".
La primera vez que ustedes lo buscaron,
¿recurrieron a la sociedad literaria?
Acudimos a una de las muchas revistas en donde habían aparecido
sus textos. Porque a él se acercaban los jóvenes y
le pedían material, y siempre les daba algo, tenía
esa generosidad. Es así como uno lo halla en muy diversas
publicaciones marginales.
Con Porchia el primer encuentro fue con una naturalidad equivalente
al hecho de que hubiéramos tenido detrás una vida
de conocimiento mutuo. Entre sus múltiples voces, una dice:
Y si nada se repite igual, todas las cosas son últimas cosas.
Resulta notable la brevedad de ese decir, y la infinita trascendencia
que tiene. Siendo, como era, un ser que vive lo que dice, uno puede
entender cómo fueron las cosas y los encuentros con él.
Si digo que aquel primer encuentro podría haber sido el último,
esto no es una salida ingeniosa. He pensado a posteriori (aunque
Porchia no lo haya dicho así) que si nada se repite igual,
entonces todas las cosas son también primeras. Evidentemente,
acompañar a alguien que en cada instante está como
si fuera la primera vez o la última, no tiene nada que ver
con el estar común de los hombres en sus vagabundeos por
el mundo.
Era un ser muy humilde en su aspecto, de contextura más
bien pequeña, de voz indescriptible. Esa voz hay que escucharla.
Conservo dos o tres discos que alguna vez lo invitaron a grabar.
Se dio otra conjunción misteriosa: durante un tiempo, una
emisora radial de Buenos Aires que acostumbraba cerrar su transmisión
a media noche con algún declamador entonando ciertas reflexiones
sobre la vida, toma los discos de Porchia para desempeñar
esa mecánica. Pero qué diferente en este caso: del
mismo modo en que sus primeras ediciones se dispersaron por la Argentina
como semillas, la voz de Porchia (lenta, honda, resonante) hizo
el mismo itinerario abriendo por algunos minutos a la medianoche
un abismo: la posibilidad de escuchar lo profundo.
¿Qué implicó
esa sorpresa inicial de la lectura en copia mecanográfica
de los textos de Porchia?
Muchas cosas, y lo sigo creyendo hoy en día porque periódicamente
he vuelto a leerlos. A tanto tiempo de aquel primer encuentro, siendo
tan humanos y tan frágiles, uno desconfía y se dice:
"¿No me habré equivocado, no exageré?"
Cada vez que vuelvo a la obra de Porchia, veo reaparecer con toda
su fuerza la vieja palabra que ya casi no se usa: sabiduría.
Sabiduría puesta además en un lenguaje muy peculiar,
que no le tiene miedo a las aparentes reiteraciones: Porchia creía
que no existen los sinónimos y que cada palabra es diferente
según la postura que ocupa en la estructura sintáctica:
Y si el hombre es un hacer con él y no un hacerse él,
quién sabe quien hace con él, y quien hace con él,
quién sabe qué hace con él.
Por eso a veces los gramáticos, los críticos, los
formalistas, se sienten molestos ante una escritura como esta: en
cierta manera pone en crisis sus fórmulas, sus preceptos.
¿Porchia hablaba del origen de estas
voces, de cómo las escuchaba mientras atendía su pequeño
jardín?
Me desconcierta el verbo "escuchar", porque no creo haberle
oído decir que "escuchaba" esas voces. No era un
místico, en el sentido tradicional, ni alguien que padece
alucinaciones. Era un ser que del mismo modo en que estaba aquí
podría haber estado en otro universo. No creo haber sentido
tanto esa sensación ante alguien. En una de sus voces dice:
Si me dijeran que he muerto o que no he nacido, no dejaría
de pensarlo.
Era un individuo con la disponibilidad para pensar lo que, según
parece, no necesita ser pensado, y sin embargo de ese pensamiento
extrae lo inédito, lo que no habíamos visto. Él
vivía sus voces.
Para reunirnos era necesaria una especie de peregrinación:
la casa de Porchia estaba en la periferia de Buenos Aires, pero
completamente del otro lado de donde yo vivo. Atravesar la ciudad
de punta a punta implicaba un peregrinar, casi en el sentido religioso.
Su modo de vida era extremadamente humilde, salía con una
bolsita a comprar sus verduras. Pero lo caracterizaba la generosidad.
Me son imborrables gestos como este: para recibirnos, siempre tenía
pan, vino, queso y salami. Empezábamos nuestras reuniones
a las ocho o nueve de la noche, y aquello seguía hasta el
amanecer. Como a las dos de la mañana llevaba a cabo un rito:
sacar una manzana, una sola y reluciente manzana que guardaba porque
sabía que a mi mujer le gustaban las manzanas. Eso ni ella
ni yo podemos olvidarlo: los ojitos despiertos, brillantes, de Antonio
Porchia, en el momento de ofrecer a Laura el tributo de amistad
que tan arduamente le había preparado. Así era en
todas las cosas de su vida.
Para en verdad hablar con la gente, en general hay que tener una
especie de introducción; de otro modo resulta un poco forzado
y por eso es necesario preparar el terreno para adentrarse en temas
profundos. Se piensa que esos temas deben reservarse a ciertas situaciones
especiales. En cambio, con algunas personas esos preámbulos
son innecesarios: todo es sentarse con ellas y de inmediato hablar
de Dios, la muerte, el infinito, la poesía, con esa soltura
de lo que está en su lugar. Así era siempre con Porchia.
En el transcurso de la charla introducía sus voces, tímido:
"Porque yo he pensado", "porque a mí se me
ha ocurrido", exponiéndonos a hablar con él sobre
eso. Como era tan abierto, lo caracterizaba una espontánea
avidez. Hablaba como temiendo hablar, pero siempre era fulgurante.
III
"Poseía el raro arte de la atención inusitada
y creciente, de una atención que parecía una presencia
casi física", escribe Juarroz. "Quienes estábamos
con él sentíamos al hablar que cada palabra se volvía
profunda por su atención ilimitada. Su forma de escuchar
parecía crear la profundidad en sus acompañantes.
Y cuando él hablaba, teníamos la sensación
de que lo hacia ya 'desde el otro lado', que por otra parte se volvía
entonces infinitamente próximo, mucho más que este
lado. A medida que avanzaban sin darnos cuenta las horas de las
frías madrugadas de Buenos Aires, sus pequeños ojos
eran como dos focos cada vez más despiertos y brillantes.
Quizás allí nació mi sospecha de que la eternidad
podría consistir en quedarse detenido o fijado en un gran
pensamiento, pensándolo para siempre, y que morir no sería
más que el último esfuerzo de la atención,
el abandono de los otros pensamientos, para concentrarse en uno
solo, ya definitivo. Y pienso que tal vez naciera también
allí aquella sensación, recogida en algunos de mis
libros, de que pensar en un hombre se parece a salvarlo."
¿Qué son las voces de
Porchia? ¿Cómo ubicarlas?
Pienso que las voces no son estrictamente aforismos, ni poesía,
ni filosofía. Tienen algo de esa extraña conjunción
que, por ejemplo, se daba en los presocráticos. Ya sé
que alguien podría decir que los presocráticos escribían
aforismos, pero pienso (con Cortázar) que si les decimos
"filósofos" está mal, y si les decimos "poetas"
está mal, porque en una sola personalidad se reúnen
esas facetas y otras, integrándose.
Las voces son pensamientos de una naturalidad extrema, en un hombre
de escasa cultura "formal" (no tuvo ni colegios ni universidades),
que no leía demasiado, que tuvo una vida más entre
pintores que entre escritores, y que fue anotando, como él
decía, "estas cositas que se me van ocurriendo".
(Que esas "cositas" se parezcan a la eternidad, es un
matiz que su modestia ocultaba en el diminutivo.)
Uno en Porchia veía, por así decirlo, el pensamiento.
(Ver el pensamiento, qué viejo sueño.) Creo además
conocer un poco el modo en que nació su obra, en que forma
se fueron generando esas ''cositas''. Algunas de ellas surgieron
estando juntos. Recuerdo cuando se le encendían los ojos
y comenzaba a decirnos algo que estaba pensando en ese instante.
¿Cómo llamarlas? No me animo a llamarlas de una u
otra manera. Él les dijo "voces" y, bueno, tal
vez sean eso. Pero no las voces del sonido externo, sino esas voces
que vienen de las profundidades interiores. Ahora, ¿cómo
se llama eso en literatura? Lo que hizo Porchia no es literatura,
es otra cosa, algo que va más lejos, acercándose a
los extremos de lo humano. Y en eso sí se emparenta con la
poesía. Cuando digo que no es estrictamente poesía,
no quiero decir tampoco que tenga o no la forma del poema, eso es
secundario. Lo suyo es un desvío muy peculiar, con algunos
elementos que uno encuentra muy pocas veces en la vida. ¿Por
qué repite tanto las palabras en una breve voz, en un breve
fragmento? (He utilizado sin querer una palabra que me seduce: fragmento.
Las voces de Porchia son fragmentos de sabiduría.)
Creo que su obra es excelente ejemplo de uno de los fenómenos
expresivos más interesantes de la literatura moderna. Ciertas
obras rompen el cerco de los géneros, exceden esa zona difícil,
y es como si llegaran a un área de la realidad, de la expresión,
en donde las instancias se funden: como si alcanzáramos un
género único. Yo no sé, por ejemplo, dónde
colocar esas últimas piezas de Samuel Beckett (cuyo estreno
he visto en Londres, puestas por él), ante las cuales uno
casi siente estar en una ceremonia religiosa. El nivel de densidad,
de intensidad, de profundidad, el nivel de realidad que eso tiene,
ya no cabe dentro de tal o cual género. Con Porchia ocurre
algo análogo: antes he dicho "fragmentos de sabiduría",
pero creo que todas estas definiciones son provisorias, y que acaso
en algún salto de la evolución humana, en un estadio
futuro de la inteligencia del hombre, se encuentre para ciertas
obras como esta un nombre profundo, un giro que las comprenda mejor.
Quizá incluso hay en esa obra manifestaciones de otras áreas
de lo humano para las que no tenemos nombre todavía, y a
las que sólo el tiempo será capaz de ver. ¿Podrían
equivaler esas voces a la apertura total de la conciencia?
Creo que se aproximan a eso. Siempre me han inquietado las divisiones
ficticias entre lo que antes se llamaba "las distintas facultades
del hombre", separando así la voluntad, la inteligencia,
la emoción, e instituyendo aquello en que ahora se insiste,
la razón contrapuesta al sentimiento. Estos esquemas me parecen
extremadamente superficiales; son particiones que no coinciden con
la realidad.
Uno de los objetivos mayores de la poesía es reunir las
partes divididas del haz. Creo que en Porchia eso ocurre. ¿Hay
poesía en Porchia? Sí, la hay. ¿Hay filosofía
en él? Sí, hay filosofía. ¿Hay sensibilidad?
También. ¿Hay anticipación? Desde luego. Pero
nada de eso por sí solo lo explica. Y ¿cómo
se llama todo junto? No lo sé.
Si esas voces se proyectan hacia el futuro, ¿es precisamente
porque son ecos del gran pasado, de las grandes voces?
Creo en los grandes ciclos. Pero ellos no comienzan y terminan
a una altura previsible. La recuperación de los orígenes
se da a otro nivel y a otra altura. En algún poema escribo:
Si has perdido tus ecos o tu origen, los buscaremos, pero hacia
adelante, en el templo final de los orígenes.
El origen tiene que estamos aguardando, mañana, pasado mañana.
IV
El retrato se crea a sí mismo, venciendo por algunos instantes
su propio silencio: "La amistad sencilla era su arte. La rodeaba
de una inmensa atención y una delicada ternura, tan naturales
como tomar una escoba y barrer su casa o cavar un hoyo para poner
una planta en su jardín. [...] Don Antonio, como le llamábamos,
era también una prueba viva de la profundidad de lo elemental,
en el luminoso contrapunto de sus palabras hondas y sus gestos raramente
limpios. [...] No recuerdo otro ser a la vez tan sencillo y tan
pulcro. No usaba camisa casi nunca. En verano se ponía un
saco pijama y en invierno se colocaba una bufanda debajo de un saco
más grueso, ajustándola con un alfiler de gancho.
[...] Durante la conversación, recordaba a menudo algunas
de sus voces. No resultaba insólito o artificial: sentíamos
que las seguía viviendo. Pero cierta vez me dijo que no había
tenido el valor necesario para decir una de ellas ante alguien que
pasaba por un momento de angustia. Esa voz afirmaba: Todo juguete
tiene derecho a romperse. Y al decírmelo miraba hacia abajo
como avergonzado. Pero no de su silencio sino del hombre".
¿Alguna vez asumió Antonio
Porchia la designación de escritor?
Con la palabra "escritor", usualmente arrastramos la
figura de alguien que cumple con una serie de formalidades: tener
una máquina de escribir, mantener en orden los papeles, poseer
al menos una mesa de trabajo. Porchia era ajeno a ello: ante todo
prefería estar trabajando en el jardín. Hay una foto
célebre en que aparece justamente ahí; se aplicaba
al trabajo manual, si acaso conservando a un lado una hoja de papel
para escribir de tanto en tanto. (Yo tengo muchos de estos originales,
que él me regaló.)
En lo que concierne a la presencia de Porchia dentro del mundo
de las letras, se da un fenómeno en cierto modo comprensible:
para los "escritores " (aquellos que son oficialmente
escritores, sofisticados, ortodoxos), hay una desconfianza hacia
su obra, ya que él no cumple con los preceptos, las tablas
de la ley literaria. Porchia comienza (lo he dicho ya) por no haber
tenido una preparación sistemática; continúa
por poseer una expresión bastante heterodoxa; termina por
el hecho de no frecuentar los círculos literarios: vivió
siempre al margen, salvo quizá en los últimos años,
pero entonces no es que él fuera a buscar oyentes sino que
acudían a verlo sobre todo los jóvenes, sus lectores
mayoritarios.
Hay anécdotas que lo pintan de cuerpo entero. En una gran
revista de Buenos Aires, le piden cierta vez unos textos que entrega
de inmediato. Pasa algún tiempo y él, que era incapaz
de reclamar, se acerca a la redacción de la revista y pregunta
si le van a publicar o no. "Sí", le responden,
"pero ha habido algunos problemas. Y bueno, cosas de gramática."
Los que hacen de la escritura un oficio más o menos mecánico,
basado en ciertas normas también mecánicas, no pueden
entender una expresión que no se ajuste a esos módulos
cerrados. Los redactores de esa revista veían "defectos"
en sus textos fuera de serie, y le corrigieron algunos. Él
escuchó, no dijo nada, no se quejó, no discutió:
lo único que hizo fue pedirles los originales y se fue. Era
un ser de una humildad ejemplar, pero al mismo tiempo con esa cosa
incontrovertible, inmodificable, que nos hace pensar en los árboles
centrales, aquellos en los que parece apoyarse todo el bosque.
Su pequeña casa estaba llena de cuadros. Así como
el poeta regala sus libros, los amigos pintores (Petorutti, Victorica,
Quinquela Martín, Castagnino, Soldi, Butler, Forner) le habían
regalado sus obras cuando aún no eran famosos, cuando todavía
no se cotizaban dentro de los más importantes de la pintura
argentina de este siglo. Un día pregunté a Porchia
cuál era el cuadro preferido de su colección. Respondió
con la humildad, la tersura de siempre. (Para describir cómo
hablaba se me ocurre una palabra muy desacreditada en nuestro tiempo:
con un supremo recato. La discreción última. Él
lo dijo: "Hablo pensando que no debiera hablar: así
hablo".) Contestó: "Pues a mí me gusta uno
que está allá en el rincón". Me lleva
a ese sitio y me lo muestra: era un pequeño óleo de
Fortunato Lacámera, que representaba una pequeña mata
de pasto en el solitario ángulo de un jardín. El pintor
más humilde y la imagen más humilde: lo casi inexistente.
Creo que eso refleja a Porchia por entero. Tenía los cuadros
más opulentos, obras de los pintores argentinos más
notables. No: él prefería ese cuadro, una matita de
pasto perdida en el universo.
En una época económicamente dificil (y qué
época no lo fue para Antonio Porchia), algunos familiares
o amigos le preguntaron por qué no vendía al menos
uno de esos cuadros que valían una fortuna (después
de su muerte, por supuesto, sus herederos los vendieron con óptimos
resultados). Y respondió: "No, no puedo vender algo
que me han regalado". No en vano había escrito: No tienes
nada y me darías un mundo. Te debo un mundo". Eso era
Porchia.
¿Fue solicitado por los círculos
literarios?
Ocurrió un fenómeno muy curioso: cuando se resolvió
en Francia hacer la gran edición de Voces, publicada por
Fayard, los editores anduvieron poco menos de dos años detrás
de Borges para que escribiera un prólogo. Esta petición
cumplía varias funciones: primero, se trataba de un escritor
que había conocido a Porchia (aunque nunca intimaron); después,
el nombre de Borges permitiría que el libro se difundiera
más. Sin embargo, debido a la tardanza terminan por cansarse.
Me escribe el encargado de la colección para solicitarme
el prólogo: sabe que he vivido muy cerca de Porchia, y que
tengo un texto crítico sobre él. Acepto y se lo envío.
Pero por coincidencia, en el ínterin les llega una página
y media de Borges, cuando ya no se esperaba esa respuesta. En Fayard
son bastante responsables y me comunican el dilema. Respondo invitándolos
a actuar como inicialmente tenían previsto, dadas las razones
editoriales, etcétera. Pero me informan que su deseo es colocar
la página y media de Borges como prólogo, y mi texto
como epílogo. Así se realiza por fin la edición.
Creo, lo digo con prudencia e incluso un poco de tristeza, que ese
prólogo no está entre las mejores líneas de
Borges.
Los "escritores" no han terminado de ver a Porchia y
ni siquiera de aceptarlo. Hay una razón profunda (desde luego
no en el caso de Borges): sienten que ese hombre, que según
los cánones establecidos no viene por los carriles literarios,
los desborda y les pasa por encima. Intuyen que cuando ellos estén
apagados y en el olvido, Porchia va a estar más vivo que
nunca. Lo demuestra un hecho muy simple: sin publicidad, sin nada
de aparato, en este momento en mi país todo el mundo conoce
a Antonio Porchia.
Esa obra llegó al extremo de ser repetida por la gente desconociendo
al autor. Le sucede a Antonio Machado en España: en un momento
afirma haber oído sus propias coplas, cantadas por los campesinos,
que por supuesto no sabían de quién eran. Algo similar
ocurre con Porchia, pero lo excepcional es que en su caso no se
trata de copias, es decir palabras con esa música que ayuda
a recordar y con esa mecánica que acompaña la danza
y el canto, sino de pensamientos profundos, difíciles, muy
personales.
En uno de los momentos tristes de mi país se da una conjunción
terrible: dos mujeres en la cárcel están amenazadas
con sentencia de muerte. Llega por entonces la noche de Navidad:
una de ellas escribe una misiva a la otra, que está en una
celda de aislamiento. En este escrito aparecen frases alentadoras:
"No pierdas la confianza". "Siempre queda una posibilidad
de salir, de salvarnos." Te pido que recuerdes esto y trates
de mantener la esperanza." Yo he visto una reproducción
facsimilar de esa carta. Lo increíble se localiza en la parte
superior de la hoja; con la misma caligrafía y antecediendo
al texto, hay una frase puesta entre comillas, sin el nombre del
autor a quien se cita. La frase, la recuerdo tan bien, es:
El amor que no es todo dolor, no es todo amor.
Es una de las voces de Porchia. He narrado esto en Buenos Aires
(lo hice muchas veces, en París, por ejemplo) para que la
gente termine de una vez por comprender una de las claves en las
que siempre he insistido: la poesía es la mayor realidad.
Es, también, el mayor realismo posible. Si no lo fuera, no
podría estar ayudando a alguien que va a morir.
V
La figura del hombre se destaca a medida que la obra muestra sus
contornos: "Como me hice, no volvería a hacerme. Tal
vez volvería a hacerme como me deshago". Roberto Juarroz
recuerda: "Siempre tuvimos la sensación de estar ante
alguien elegido por la soledad. Pero lo inverso era igualmente verdadero:
él había elegido la soledad. Confluencia de destino,
aceptación y entrega. Soledad de su vida y soledad de su
obra, como base insobornable para su calidad de maestro profundo
y su costoso aprendizaje de sí mismo: He sido para mí,
discípulo y maestro. Y he sido un buen discípulo pero
un mal maestro. Amaba y sufría su soledad: Un hombre solo
es mucho para un hombre solo. Conocía sus peligros: Quien
se queda mucho consigo mismo, se envilece. No la compensaba con
la literatura o con la compañía fácil de otros
seres, sino con su vida profunda. Su soledad le permitía
llegar más plenamente a los demás, como si ya los
conociera desde abajo. Y también ser la presencia a la que
acudíamos casi en peregrinaje, quizá para curarnos
o consolarnos de tanta exhibición de ausencias, Con él
aprendimos cómo la soledad puede ser lo contrario del aislamiento
y también la condición vertebral de una obra".
Aquella casa de las orillas de Buenos Aires fue para el poeta la
evidencia de que nada está en las orillas: "Lo profundo
de mí es todo. Pero es todo sin yo. Es que todo lo que es
profundo solamente es todo".
¿La cosmovisión de Porchia
afloraba únicamente en esos fragmentos escritos?
Ningún ser despierto puede vivir sin una cosmovisión,
aunque ella sea reducida y acabe en los límites del jardín.
Pero la de Antonio Porchia era ilimitada. En uno de sus libros iniciales
escribió:
Situado en alguna nebulosa lejana hago lo que hago, para que el
universal equilibrio de que soy parte no pierda el equilibrio.
Es el sentido de la unidad: no mover un dedo, no hacer un solo
movimiento que no esté relacionado con el todo.
El pensamiento de Porchia no puede afiliarse a una creencia o una
fe determinadas. Y sin embargo, dice en otra parte:
Hace mucho que no pido nada al cielo y aún no han bajado
mis brazos.
Resulta también notable la belleza de su expresión.
Creo que en ese pequeño fragmento está uno de los
núcleos del sentimiento más profundo del hombre moderno:
una ausencia con la cual no se conforma, y que es casi la presencia
de una ausencia. Porchia exclama:
Dios mío, casi no he creído nunca en ti, pero siempre
te he amado.
¿Puede hablarse en Porchia
de la presencia del genio?
Con la palabra genio, la humanidad trata de reflejar algo que en
lugar de ceñirse a las estructuras concebidas y preconcebidas,
crea su propia forma. Se aplica a quien guarda ciertas cualidades,
ciertas condiciones excepcionales. En el caso de Porchia es aplicable.
También es uno de los pocos seres que he encontrado a los
cuales se pueda asignar con toda legitimidad, con toda entereza,
la idea de maestro, en el sentido socrático, en el sentido
griego (y no en la acepción actual, en que prolifera ilegítimamente).
Si uno hace un pequeño análisis, y trata de aplicar
esa palabra en el horizonte de los autores que conocemos, se da
uno cuenta de que son muy pocos los que pueden recibirla.
En última instancia el genio contiene dos polos inseparables.
El genio de Porchia no radicaba sólo en el escribir, sino
también en el vivir. Porque la obra fundamental, en último
término, tiene que estar sustentada por una vida fundamental
Existe la creencia de que hay excepciones a esta concepción
integral, obras que tienen una gran riqueza y que no obstante a
quien las realiza más le hubiera valido ser invisible. No:
en este último caso no se trata de la obra última,
la obra en el cenit. Ésta exige esa simbiosis de vida y hechura.
Porchia era eso.
Al recibir al ser más humilde o al más encumbrado,
Porchia los trataba igual. Esa es una de las cosas que debemos aprender.
A veces me preguntan en ciertas lecturas, otros participantes, si
estoy nervioso. Tal zozobra me hace gracia. Desde muy joven pensé
que cuando uno está hablando con otro, lo único que
necesita es la atención del interlocutor (y si se dan las
condiciones, su respuesta). Todos somos hombres, todos compartimos
los mismos errores, fragilidades, miserias, las mismas pequeñas
grandezas, las mismas pequeñas alegrías, todos morimos,
todos hemos nacido, no sabemos a dónde vamos. Así
que poco me va a impresionar la vestidura de un prelado o la de
un presidente. Son hombres como todos. Porchia trataba a la gente
de este modo.
¿Es la mirada de Porchia una
encarnación última de la inocencia?
Primero hay que definir qué se entiende por inocencia, y
para hacerlo hay que comenzar, de menos, por aceptar dos tipos de
inocencia: una es la ingenua inocencia (por así decirlo),
previa al sufrimiento de la vida, al amor, a los desgarramientos,
a la crueldad: es la inocencia de los niños. Creo que el
gran problema humano, el gran problema del creador, es recuperar
esa inocencia pero sumándole algo más que es muy difícil
precisar. A ésta podemos llamarle segunda inocencia: es la
mirada a posteriori, la inocencia que es imprescindible ganar. Ella
vuelve a hacer que los ojos, aunque estén gastados y aparentemente
vean menos, vean mucho más. Ésa que hace de los ojos
algo nuevo.
No creo en la ingenuidad por la ingenuidad misma, ni en la espontaneidad
misma. Creo en esa soltura que he llamado disponibilidad, y que
Rilke (en uno de sus términos predilectos) llama "apertura",
lo abierto pero que requiere casi una conversión. Para mí,
el poeta que importa es un converso: ha dado vuelta la vida, y con
la vida en sí ha hecho más vida. Eso también
sirve para la gran inocencia, y eso estaba en Porchia: "algo
más".
¿Esa segunda inocencia podría
concebirse como una vuelta a la primera inocencia después
de toda una odisea vital?
No: creo que es de otra naturaleza. ¿Qué entendemos
por inocencia? Es ver las cosas o enfrentar el mundo como si no
se le conociera, como no sabiendo lo que hay en el mundo y como
si uno no se preocupara por entender lo que es el mundo. La inocencia
está relacionada con el conocimiento: según las leyendas,
en el instante en que el hombre obtiene el conocimiento, pierde
la inocencia. Quedan así dos polos. Sí, hay una inocencia
anterior al conocimiento, pero hay otra posterior a él. Esta
última es más que conocer, precisamente porque es
posterior, Es un conocimiento que deja su lugar a algo más
alto que él, una visión más plena. A eso ya
no le podemos llamar "conocimiento". Por eso apelamos
a términos como sabiduría.
VI
"Lo hondo, visto con hondura, es superficie." El hombre
elegido por la soledad no eligió menos aceptar el desafío
de lo que está solo porque es profundo. Y lo profundo no
está solo. En el postfacio a la edición francesa de
Voces, Roberto Juarroz dibuja el sendero de Antonio Porchia: "La
vida profunda es el reconocimiento del ser y la valoración
esencial de la existencia o la inexistencia de cada cosa. [...]
La vida profunda es además la vigencia del ser por encima
del hacer, la búsqueda de la consistencia, la prueba del
mito engañoso de la acción. Porque sólo el
ser hace: el otro 'hacer' es una farsa, una fantasmagoría,
la desastrosa confusión en que estamos perdidos. Por eso
Porchia puede afirmar que el hacer no hace nada. O también:
El no saber hacer supo hacer a Dios. O entrando en la dimensión
de sus más inefables relativizaciones: Lo que hice o no hice,
creo que paso. Y lo que haré o no haré creo que también
pasó [...] Se trata siempre de una referencia a lo infinito,
pero un infinito del que participa misteriosamente el hombre: Eres
un fantoche, pero en las manos de lo infinito, que tal vez son tus
manos. Lejos de todo dogma u ortodoxia, la necesidad de trascendencia
aparece en toda su desnudez como algo inseparable del pensar profundo
y la poesía. Más que fe o sentimiento de lo sagrado,
una mística inserción en el misterio que nos envuelve:
"Si pienso qué es la vida, creo que la vida es un milagro,
y si pienso qué es un milagro, no creo en él".
Hay quien entiende las voces como meros juegos del pensamiento.
Yo nunca hablaría de "los juegos" de Porchia. Son
aparentes juegos. Lo suyo tiene tal gravedad (en el mejor sentido
del término) que no admite simplemente una mirada lúdica.
Para mí el fragmento, el aforismo o las múltiples
formas de la literatura fragmentaria son una de las vías
más tentadoras y más llenas de posibilidades de la
literatura o, mejor, de la expresión humana, porque permiten
captar el fluir mismo de la vida, la instantaneidad, lo que Gaston
Bachelard llamaría "la duración". Sin embargo,
y tal vez por eso mismo, creo que es una de las formas más
duramente difíciles que existen. Por eso la mayor parte de
los aforismos o fragmentos que se escriben no sirven para nada,
y son repeticiones (a sabiendas o no), malas repeticiones. Porque
al fragmento o al aforismo ni siquiera podemos llamarlos un "género":
están más allá de las estructuras habituales
porque no admiten fallas, insustancialidades, juegos de palabras.
La tentación del aforismo es fuerte, pero la caída,
la catástrofe es muy fácil. ¿Cuáles
son las condiciones de lo fragmentario? En primer término,
la tajante necesidad de que los elementos del aforismo tengan carácter
de irreemplazables; en segundo lugar, al ser formas sintéticas
no admiten estilizaciones ni decoraciones; en tercer lugar, exigen
un excepcional dominio del lenguaje, y por "dominio" no
me refiero al de los especialistas: el fragmento exige lo que tantas
veces pido para la poesía, una verdadera contemplación
del lenguaje. Contemplación en el sentido trascendente.
La mayor parte de los aforismos tiende a transformarse en frases
apodícticas, absolutas, como si quien las dijera fuera un
oráculo. Cuando esa tendencia no se elimina, y los aforismos
no proceden de la más auténtica humildad, lo que se
escribe es un mero simulacro. Y lo humilde no significa tontería,
flacidez, entreguismo, sino el reconocimiento profundo de lo que
somos, dónde estamos, y hasta dónde podemos llegar.
Nada más. Nada menos.
¿En la escritura de Porchia
usted se reconoce, establece algún paralelismo entre ambas
obras?
Lo digo en un poema que le he dedicado a raíz de su muerte:
Hemos vivido juntos tanto abismo
que sin ti todo parece superficie. *
Resulta inevitable estar muy cerca de alguien sin que se produzca
esta transferencia (en el buen sentido, no en el psicoanalítico)
de visiones, pensamientos, perspectivas sobre el mundo. Sé
que es imposible hablarlo todo, pero es la sensación que
permanece en mí del tiempo que compartimos.
Hay una diferencia fundamental en nuestras obras: Porchia no tenía
el sentido de la configuración del, poema. Por otro lado,
no lo requería: pensaba de otra manera. Es así como
he dicho que Porchia vivió sus voces. Captaba, era la plena
disponibilidad.
Lo que nos une más fundamentalmente es la dimensión
de hondura, profundidad, esa tendencia a. Recuerdo a propósito
unos versos de T.S. Eliot:
¿Dónde está la vida que perdimos viviendo?
¿Dónde está la sabiduría que perdimos
con el conocimiento?
¿Dónde está el conocimiento que perdimos con
la información?
Si de alguna cosa carecía Porchia era de información.
Tampoco tenía en gran medida, y en el sentido tradicional
o académico, "conocimiento". Él fue uno
de los seres más integrales que he tratado; su aproximación
a las cosas sólo puede designarse con un nombre: sabiduría.
VII
En 1975, al presentar en México las voces de Antonio Porchia,
Roberto Juarroz apunta: "No pude estar a su lado cuando murió.
Poco tiempo antes, había sufrido una caída, con un
golpe en la cabeza del que probablemente no llegó a reponerse.
[...] Había rechazado, por humildad, las invitaciones que
le hicieron para visitar Europa, pero su calidez humana lo condujo
hasta el punto exacto donde debía resbalar. Quizá
no haya sentido ninguna sorpresa: "Cuando yo muera, no me veré
morir, por primera vez''.
Agrega Juarroz: "Había amado mucho. Su extrema discreción
no le impidió, sin embargo, confiamos en alguna ocasión
el hondo sentimiento que lo había unido a una mujer de vida
ligera, con quien estuvo dispuesto a casarse. Así supimos
cómo ella fue amenazada por quienes la explotaban, para que
cortase esa relación. Y también cómo él
se apartó, no por su propia seguridad, que poco o nada le
importaba, sino por la de ella. Allí tiene su origen una
de sus voces: Hallé lo más bello de las flores, en
las flores caídas. La asociación del amor y las flores
representa sin duda una de las claves para comprenderlo: El amor,
cuando cabe en una sola flor, es infinito. [...] Sólo a él
le he escuchado la singular frase con que siempre nos despedía:
Traten de estar bien. Era casi un pedido, algo así como una
apelación infinitamente tierna y delicada: un llamado a nuestra
posibilidad de ser a pesar de todo. Era como si nos recomendase:
Hagan también lo posible aunque persigan lo imposible. Y
a veces agregaba una exhortación conmovedora, que sintetizaba
de algún modo su mejor deseo y una recóndita nostalgia:
Acompáñense".
En aquel texto de 1975, Juarroz concluye con las siguientes líneas:
"¿He hablado de Porchia o he hablado de mí? Creo
que la profundidad no admite estas diferencias. Simplemente he hablado
porque, como a él, me ha vencido lo que he dicho".
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