Estas palabras no pretenden ser una introducción, un análisis,
una crítica o un comentario, sino tan sólo una reflexión
sobre la profundidad, al borde de una obra que es la profundidad.
Tal vez se afirmen sobre una línea de esa obra: Lo hondo,
visto con hondura, es superficie. Ante el abismo únicamente
se puede retroceder, petrificarse o abismarse. Y no hay más
comprensión del abismo que el abismo.
Recordé hace años, en otra nota sobre Antonio Porchia,
este pensamiento de un prólogo de Montherlant: Hay lo
real lo irreal. Más allá de lo real y más allá
de lo irreal hay lo profundo. O dicho de otro modo: la profundidad
es la dimensión donde cesan las categorías y las oposiciones
de la mente binaria, cediendo el paso a las correspondencias y a
la función totalizadora. Así, más que el "ser
o no ser" de Hamlet, la cuestión profunda parece para
el hombre la simultaneidad y no la alternativa: ser y no ser al
mismo tiempo.
Profundizar algo es renunciar a poseerlo, porque es hallar que
no tiene fondo y eso implica dos cosas: que no tiene límites
y que a través suyo se desemboca en todo lo demás.
La identidad se confirma y adquiere validez como vía de acceso
a la totalidad. Pero hay muchas posibilidades de no tener fondo.
Una de ellas consiste en no tener forma. ¿De qué se
sostendría entonces el fondo? Otra es la evidencia de que
toda forma está abierta en el extremo. Y otra más
todavía es la calidad transitoria e ilusoria de cualquier
forma, que sólo es un rito de pasaje hacia otras formas y
no un triste depósito para detener o fijar la incontenible
danza que puebla y es el universo.
Poseía el raro arte de la atención inusitada
y creciente, de una atención que parecía una presencia
casi física. Quienes estábamos con él sentíamos
al hablar que cada palabra se volvía profunda por su atención
ilimitada. Su forma de escuchar parecía crear la profundidad
en sus acompañantes. Y cuando él hablaba, teníamos
la sensación de que lo hacía ya "desde el otro
lado", que por otra parte se volvía entonces infinitamente
próximo, mucho más que este lado. A medida que avanzaban
sin darnos cuenta las horas de las frías madrugadas de Buenos
Aires, sus pequeños ojos eran como dos focos cada vez más
despiertos y brillantes. Quizás allí nació
mi sospecha de que la eternidad podría consistir en quedarse
detenido o fijado en un gran pensamiento, pensándolo para
siempre, y que morir no sería más que el último
esfuerzo de la atención, el abandono de los otros pensamientos,
para concentrarse en uno solo, ya definitivo. Y pienso que tal vez
naciera también allí aquella sensación, recogida
en algunos de mis libros, de que pensar en un hombre se parece a
salvarlo.
La profundidad pone en crisis los principios de la lógica
y las convenciones o soportes habituales de la razón. La
antítesis, la oposición, la contradicción y
la paradoja llevan entonces a la renuncia a cualquier posible explicación
de fondo y a la convicción de que el absurdo es otra forma
del sentido, tal vez la única válida. Por eso, la
máxima profundidad se opone al discurso. Como en Heráclito
o en Nietzsche, brota generalmente en breves visiones o contemplaciones
y se concreta en fragmentos o aforismos, cuando no en poemas. La
profundidad no es elástica y le resulta aplicable la revelación
de Saint Exupéry: La vida del espíritu es intermitente.
Y hasta el tiempo es distinto. La duración auténtica
es la del instante creador o poético. O como diría
Bachelard: El tiempo no dura sino mientras uno inventa.
Su padre había sido sacerdote y dejado luego los hábitos.
El recuerdo dominante de su niñez era su trashumancia, al
no poder su familia permanecer mucho tiempo en ningún lugar,
ante las reacciones provocadas por aquella situación. Repetía
a menudo una línea de su libro: “Mi padre, al
irse, regaló medio siglo a mi niñez”. No
recuerdo que hablara mucho de su madre. Después de venir
de Italia (había nacido en Cálabria en 1885), fue
apuntador en el puerto de Buenos Aires. Trabajó luego en
una imprenta. Nunca le oí una palabra de resentimiento o
frustración. Murió en 1968, en la misma ciudad donde
había vivido casi toda su vida. Poco después de su
muerte, escribí un poema donde le decía:
Hemos
vivido juntos tanto abismo / que sin ti todo parece superficie.
Hoy podría agregar. Hemos vivido juntos tanto abismo
/ que contigo todo es profundidad.
La profundidad no es hacia abajo o arriba o el costado, sino hacia
todas partes, pero por una parte o por cualquier parte. Es el oculto
camino que no acaba porque lleva hacia todo. Y es a la par un camino
sin regreso y el camino de regreso, tal vez lo primero por lo segundo,
porque hay una sola partida, que es el pretexto para el reencuentro
del origen.
La profundidad es el vacío afirmativo, la negación
que se transfigura en sí. El signo de la profundidad es conjunción
del menos y el más: el menosmás o masmenos. ¿Existe
acaso alguna afirmación que no se base en una negación?
¿Existe alguna creación que no se funde en una destrucción?
La profundidad es la fusión de ambas cosas: creación
por la negación. Porchia dice: “Como me hice, no
volvería a hacerme. Tal vez volvería a hacerme como
me deshago”.
No recuerdo otro ser a la vez tan sencillo y tan pulcro. No
usaba camisa casi nunca. En verano se ponía un saco pijama
y en invierno se colocaba una bufanda debajo de un saco más
grueso, ajustándola con un alfiler de gancho. Al rato de
estar con él, ponía sobre su humilde mesa una botella
de vino y un poco de queso, salame y pan. Todo eso lo iba a comprar
con una pequeña bolsa al mercado. La amistad sencilla era
su arte. La rodeaba de una inmensa atención y una delicada
ternura, tan naturales como tomar una escoba y barrer su casa o
cavar un hoyo para poner una planta en su jardín. Y tenía
además el don de las pequeñas excepciones, como esa
manzana que solía reservar para Laura, mi mujer. Don Antonio,
como le llamábamos, era también una prueba viva de
la profundidad de lo elemental, en el luminoso contrapunto de sus
palabras hondas y sus gestos raramente limpios.
La profundidad es riesgo. ¿De qué? De no encontrar
nada. Por eso Porchia dice: “No descubras, que puede no
haber nada. Y nada no se vuelve a cubrir”. O riesgo de
multiplicar la nada, el misterio, el límite o lo ilimitado:
“Se me abre una puerta, entro y me hallo con cien puertas
cerradas”. O también otro riesgo mayor: encontrar
algo. Y el miedo: “A veces, de noche, enciendo una luz, para
no ver”. Y la soledad: “Quien no llena su mundo
de fantasmas, se queda solo”.
Siempre tuvimos la sensación de estar ante alguien
elegido por la soledad. Pero lo inverso era igualmente verdadero:
él había elegido la soledad. Confluencia de destino,
aceptación y entrega. Soledad de su vida y soledad de su
obra, como base insobornable para su calidad de maestro profundo
y su costoso aprendizaje de sí mismo: “He sido
para mí, discípulo y maestro. Y he sido un buen discípulo,
pero un mal maestro”. Amaba Y sufría su soledad.
“Un hombre solo es mucho para un hombre solo”. Conocía
sus peligros: “Quien se queda mucho consigo mismo, se
envilece”. No la compensaba con la literatura o con la
compañía fácil de otros seres, sino con su
vida profunda. Su soledad le permitía llegar más plenamente
a los demás, como si ya los conociera desde abajo. Y también
ser la presencia a la que acudíamos casi en peregrinaje,
quizá para curarnos o consolarnos de tanta exhibición
de ausencias. Con él aprendimos cómo la soledad puede
ser lo contrario del aislamiento y también la condición
vertebral de una obra.
Profundizar es romper los límites. Pero ir hasta los extremos
y traspasarlos no tiene nada que ver con el exceso. Su signo está
hecho de contención y despojamiento: “En mi silencio
sólo falta mi voz”. Y de humildad: “Hablo
pensando que no debiera hablar: así hablo”. Y
también de necesidad: “Cuando digo lo que digo
es porque me ha vencido lo que digo”. El estilo de la
profundidad tiene siempre un tono solitario, no porque hable de
la soledad, sino porque se parece a la soledad. Y llama particularmente
la atención su acentuado realismo, pero el de la realidad
en el abismo, que es su verdad. Tal vez por eso: “El razonar
de la verdad es demencia”. De allí también la
rotunda afirmación: “Nadie puede no ir más allá.
Y más allá hay un abismo”.
A menudo nos repetía: Tengan paciencia, sepan
esperar. Era una de sus lecciones mayores. Nunca lo vi impaciente
o inquieto por los apremios económicos, la incomprensión
o las interesadas reticencias que trataban de silenciar el valor
de su obra. No tenía apuro por llegar a nada. Sus pensamientos
crecían "sin prisa y sin pausa”, con todo el detenimiento
de aquello que tiene la certeza de su vigencia. Es probable que
sólo le haya visto algún conato de impaciencia ante
la pesadez de la tontería.
La profundidad no es inhumanidad, aunque sí más
que humanidad. Porchia dijo que la bondad no es vida. En
la misma línea, quizá podríamos sospechar que
la profundidad no es sólo vida.
El pensar profundo pasa por el antiguo sentido de la inteligencia:
leer en el interior de las cosas. Es penetración, aventura
y arrojo, abandono de las garantías, descubrimiento y creación,
lo "nuevo" de Baudelaire, lo "abierto" de Bergson,
la desinstitucionalización de la búsqueda, la abolición
de las seguridades. Por eso Heidegger ha podido afirmar que la ciencia
no piensa y arriesgar que tampoco la filosofía piensa.
Durante la conversación, recordaba a menudo algunas
de sus "voces". No resultaba insólito o artificial:
sentíamos que las seguía viviendo. Pero cierta vez
me dijo que no había tenido el valor necesario para decir
una de ellas ante alguien que pasaba por un momento de angustia.
Esa "voz" afirmaba: “Todo juguete tiene derecho
a romperse”. Y al decírmelo miraba hacia abajo, como
avergonzado. Pero no de su silencio, sino del hombre.
El quehacer de profundización, el ejercicio o la captación
profunda, no tiene nada que ver con la astucia, la perspicacia o
el malabarismo intelectual que llenan los libros y revistas. Es
como un instinto de buceo, una inconformidad con respecto a todas
las zonas intermedias, una coherencia de integridad, una decisión
de ir hasta el final, aunque no haya final. Y eso exige toda la
vida detrás, sin juegos a medias, sin retroceder ante el
abismo. Profundizar es la forma más radical y generosa del
heroísmo. Y es también quedarse sin referencias. La
escala de relación es ya lo infinito y el encuentro con la
muerte, como experiencia anticipada y parámetro constante
de la posibilidad.
Un día me contó que siendo muy niño y
teniendo hambre se puso a jugar a la pelota, y al rato, luego de
un salto, cayó desmayado. Deducía de aquello que el
hambre no fue obstáculo para la alegría Se puede tener
hambre y ser feliz: “Quien hace un paraíso de
su pan, de su hambre hace un infierno”.
Profundizar es ir siempre más allá. Cualquier fragmento
de Porchia puede servir de ejemplo: “Si me dijeran que
he muerto o que no he nacido, no dejaría de pensarlo”.
El pensar superficial dejaría de pensarlo.
A él le debo, entre muchas otras cosas, la más
bella dedicatoria que he recibido. Llevo a todas partes, de lugar
en lugar, el ejemplar de sus Voces donde escribiera para mí
estas palabras: Al amigo que me falta siempre cuando no está.
La palabra de la profundidad puede ser o parecer cruel a veces:
“Te ayudaré a venir si vienes y a no venir si no vienes”.
Pero, si ahondamos, ¿esta aparente crueldad no es o podría
ser un perfeccionamiento del amor?
Cuando algunos miembros de la institución artística
donde había depositado casi íntegra la tirada de su
primer libro se quejaron por el espacio que ocupaba, la obsequió
tranquilamente a las bibliotecas populares.
Cuando en una famosa revista literaria de Buenos Aires pretendieron
corregir, por razones de gramática, algunos textos que le
habían pedido luego de la sorprendente declaración
de un escritor europeo de que cambiaría toda su obra por
haber escrito esos fragmentos, no dudó en retirarlos de inmediato,
sin decir absolutamente nada. Su humildad ejemplar y su admirable
desprendimiento no se confundieron nunca con la debilidad. La fuerza
del hombre profundo se afirma sobre una intensidad interior y sobre
coordenadas que ni siquiera sospechan los frágiles apóstoles
de la violencia.
La profundidad es lo opuesto a la política. No es extraño
que esta palabra no aparezca en toda la obra de Porchia. La política
maneja a los hombres, los instrumentaliza, los mediatiza, les impone
prioridades, los subordina al poder y la ambición, los somete
a causas e ideologías, los despersonaliza, los convierte
en rebaño. Lo profundo es la conjugación del hombre
en su totalidad y la visión de cada cosa en relación
con todas las cosas, sin cálculos, sin artimañas,
sin estrategias, sin planificaciones. Un hombre, cada hombre, no
los hombres: “Cien hombres, juntos, son la centésima
parte de un hombre”. La política es traición
o impotencia ante la profundidad, una trágica tramoya sin
relación con el ser, un tinglado concentracionario donde
los hombres se transforman en muñecos o en víctimas.
La vida profunda es el reconocimiento del ser y la valoración
esencial de la existencia o la inexistencia de cada cosa: “Y
si nada se repite igual, todas las cosas son últimas cosas”.
La vida profunda es además la vigencia del ser por encima
del hacer, la búsqueda de la consistencia, la prueba del
mito engañoso de la acción. Porque sólo el
ser hace: el otro "hacer" es una farsa, una fantasmagoría,
la desastrosa confusión en que estamos perdidos. Por eso
Porchia puede afirmar que el hacer no hace nada. O también:
“El no saber hacer supo hacer a Dios”. O entrando
en la dimensión de sus más inefables relatívizaciones:
“Lo que hice o no hice, creo que pasó. Y lo que haré
o no haré creo que también pasó”.
Sólo a él le he escuchado la singular frase
con que siempre nos despedía Traten de estar bien. Era
casi un pedido, algo así como una apelación infinitamente
tierna y delicada: un llamado a nuestra posibilidad de ser a pesar
de todo. Era como si nos recomendase. Hagan también lo posible,
aunque persigan lo imposible. Y a veces agregaba una exhortación
conmovedora, que sintetizaba de algún modo su mejor deseo
y una recóndita nostalgia; Acompáñense.
Escribí alguna vez que la obra de Porchia es una aproximación
al lenguaje total. Hoy me pregunto qué es la profundidad
en el uso del lenguaje. Y recuerdo un pensamiento de Hebbel: Hay
también una profundidad de la forma. Llega un momento
en que el lenguaje abandona su papel operativo e instrumental y
pasa a ser prueba o caución de lo indecible. Y más
todavía: pasa simplemente a ser. Es la culminación
del lenguaje, que se convierte entonces en el hombre mismo y adquiere
su mayor dimensión de realidad, exigencia y desnudez, terriblemente
próximo al pensar y al silencio. Por lo general, no tiene
nada que ver con la vanguardia. Y aunque no es necesariamente un
lenguaje para iniciados, requiere una suprema atención y
una total entrega, quizá porque cada giro está respaldado
por toda la posibilidad expresiva del hombre y también por
toda su imposibilidad. Emerson escribió alguna vez: El
hombre es sólo la mitad de sí mismo: la otra mitad
es su expresión. Hay, sin embargo, casos como el de
Porchia, ante los cuales sospechamos que todo el hombre puede llegar
a convertirse en su expresión.
Recuerdo
unas palabras que me dijera cierta tarde, mientras caminábamos
por una calle de La Boca. Era aquel su barrio
predilecto, uno de los más humildes de Buenos Aires, con
sus pequeñas casas multicolores, su atmósfera de inmigrantes,
la cercanía de esa oscura corriente de agua que es el Riachuelo,
las sirenas de los barcos, los viejos bares en donde los marineros
o los trabajadores del puerto se reúnen para olvidar o recordar
quién sabe qué cosas, bebiendo y escuchando tangos.
Él volvía de visitar en el hospital a una mujer que
había querido mucho y que ahora yacía vieja, abandonada
y enferma. Me repitió la frase con que había intentado
alentarla:” Estar en compañía no es estar
con alguien, sino estar en alguien”. Sentí de pronto,
como muchas otras veces a su lado, que la sabiduría no había
muerto del todo y que en aquella olvidada calle de Buenos Aires
quedaba algo de la fuerza oculta que sostiene todavía al
mundo.
La potente precisión de la profundidad desemboca en una
desconcertante alquimia de la exactitud, donde no existen ya los
sinónimos y donde cada palabra se convierte en ella misma,
ligeramente traspuesta, con una leve flexión o un casi imperceptible
cambio de situación en la frase. Sorprenden entonces las
aparentes repeticiones, que por supuesto no son tales, sino una
última exigencia del lenguaje, que a veces casi acaba balbuceando
una sola palabra: “Y si no hay nada que es igual al pensamiento
y no hay nada sin el pensamiento, o el pensamiento es sólo
pensamiento o el pensamiento es todo”. Y hasta me atrevo
a sospechar que en estas zonas liminares del lenguaje, hasta las
imperfecciones gramaticales o sintácticas adquieren una inexplicable
función que las justifica.
Había amado mucho. Su extrema discreción no
le impidió, sin embargo, confiarnos en alguna ocasión
el hondo sentimiento que lo había unido a una mujer de vida
ligera, con quien estuvo dispuesto a casarse. Así supimos
cómo ella fue amenazada por quienes la explotaban, para que
cortase esa relación. Y también cómo él
se apartó, no por su propia seguridad que poco o nada le
importaba, sino por la de ella. Allí tiene su origen una
de sus "voces" “Hallé lo más
bello de las flores en las flores caídas”. La asociación
del amor y las flores representa sin duda una de las claves para
comprenderlo: “El amor, cuando cabe en una sola flor,
es infinito”. Otra clave fundamental es la constante relación
entre el amor y el dolor. “El amor que no es todo dolor,
no es todo amor”.
Paul Tillich ha afirmado que la profundidad es la dimensión
perdida de nuestro tiempo. ¿Qué mejor síntesis
para un diagnóstico de la inconsistencia? No en vano señaló
Oppenheimer que nuestra tentación mayor es ser superficiales.
Podríamos sospechar que allí reside la fuerza negativa
o la pesadez por excelencia de nuestra época y también
de su literatura. ¿Acaso no ha afirmado Robbe-Grillet, por
ejemplo, que es preciso ahuyentar de la novela los viejos mitos
de la profundidad?.
¿Puede haber profundidad sin dimensión religiosa?
Creo que no, ya que no concibo lo profundo sin un sentimiento de
vinculación con la totalidad, que puede asumir, como en Porchia,
la forma de una nostalgia ante una pérdida: “Hace
mucho que no pido nada al cielo y aún no han bajado mis brazos”.
O también de una amorosa proyección hacia lo imposible:
“Dios mío, casi no he creído nunca en ti,
pero siempre te he amado”. Otras veces es la sensación
de ser conducido por fuerzas extrañas: “Y si el
hombre es un hacer con él y no un hacerse él, quién
sabe quien hace con él, y quien hace con él, quién
sabe qué hace con él”. Se trata siempre
de una referencia a lo infinito, pero un infinito del que participa
misteriosamente el hombre. “Eres un fantoche, pero en
las manos de lo infinito, que tal vez son tus manos”.
Lejos de todo dogma u ortodoxia, la necesidad de trascendencia aparece
en toda su desnudez, como algo inseparable del pensar profundo y
la poesía. Más que fe o sentimiento de lo sagrado,
una mística inserción en el misterio que nos envuelve:
“Si pienso qué es la vida, creo que la vida es
un milagro y si pienso qué es un milagro, no creo en él”.
Íbamos a visitarlo en casas cada vez más pequeñas,
desde que debió vender la heredada de su hermano y comprar
otra más barata y distante del centro, para poder así
sobrevivir un tiempo con la diferencia. Pero siempre estaban todos
los cuadros que le habían ido obsequiando sus autores, entre
ellos algunos de los más cotizados de la pintura argentina
de este siglo (Petorutti, Victorica, Quinquela Martín, Castagnino,
Soldi, Butler, Forner etcétera). jamás se desprendió
de ninguno, ni siquiera en momentos de extrema pobreza, cuando algunos
familiares o amigos trataron de persuadirlo de que vendiera uno
o dos. Decía que él vivía solo y no necesitaba
casi nada. Lo cierto es que no podía vender un don. No en
vano había escrito: “No tienes nada y me darías
un mundo. Te debo un mundo”. Y recuerdo otro detalle iluminador:
su cuadro favorito era un pequeño óleo de Fortunato
Lacámera, que representaba el solitario ángulo de
un jardín, con una breve y desnuda mata junto a un muro.
El pintor más humilde y la imagen más humilde: lo
casi inexistente.
El pensar profundo transforma, como el amor profundo. Transforma
y crea, porque encara la imposibilidad, la muerte, la nada. Esto
se les olvidó a todos los gesticulantes revolucionarios de
superficie. Pero no a la poesía, que es el pensar integrador
y último, el pensar que siente, el pensar que crea, el verbo
transfigurador, la abertura del fondo. ¿Es Porchia un poeta?
En él se da la fundación del ser por la palabra,
la palabra como ser, la existencia como creación a través
del lenguaje, el lenguaje como salto hacia otra cosa. Sí,
Porchia es un poeta. Pero a veces uno siente que es también
algo más o distinto, algo que no sabemos decir. En pocos
casos he sentido tanto como ante Porchia y su obra la fatal estrechez
o ambigüedad de cualquier designación. Aquí se
rompen los rótulos, por privilegiados o sublimes que sean.
Y no es suficiente ni siquiera evocar algunas fórmulas más
o menos felices, como por ejemplo aquella de la poesía del
pensar, de Macedonio Fernández. Creo que Porchia está
en la línea fundamental donde se juntan el pensamiento y
la imagen, la poesía y la filosofía, cuya artificial
separación tal vez constituya uno de nuestros lastres mayores.
No pude estar a su lado cuando murió. Poco tiempo antes,
había sufrido una caída, con un golpe en la cabeza
del que probablemente no llegó a reponerse. El accidente
ocurrió durante un fin de semana, en una quinta cercana a
Buenos Aires, adonde lo llevaba una familia que lo había
descubierto no hacía mucho y creía que necesitaba
distracción. Tal vez olvidaron sus palabras: “Cuando
lo superficial me cansa, me cansa tanto, que para descansar necesito
un abismo”. Pero él no quería resistir ante
la insistencia de algo parecido a la amistad o el afecto. Había
rechazado, por humildad, las invitaciones que le hicieron para visitar
Europa, pero su calidez humana lo condujo hasta el punto exacto
donde debía resbalar Quizá no haya sentido ninguna
sorpresa: “Cuando yo muera, no me veré morir,
por primera vez”. “Cuando lo superficial me cansa, me
cansa tanto, que para descansar necesito un abismo”. ¿Cómo
entrar en una obra que es profundidad? Un camino es el indicado
por Porchia: verla con hondura, para que se vuelva superficie. Otro
camino podría estar dado por la paradójica respuesta
de un maestro a la pregunta sobre cómo hacer para entrar
en la filosofía: Estar adentro. Otro estaría
en ser o volverse profundidad, como quería Plotino en relación
con lo divino o lo bello. Y otro más podría ser crear
en uno el vacío necesario para la inundación de la
profundidad, parafraseando a Eckhart. Y otro más todavía,
levantar una flor y sonreírle, como lo haría un maestro
Zen, sin buscar ni decir otra cosa. Creo que si Porchia hubiera
tenido que escoger, habría elegido la última alternativa.
Entre muchas otras cosas, me anima a creerlo así cuando dice:
“Puedo no mirar las flores, pero no cuando nadie las mira”.
Su voz lenta y entrañablemente modulada, con cierto
acento extranjero, fue registrada en disco poco antes de su muerte
y utilizada durante algún tiempo por una emisora de Buenos
Aires, para cerrar a medianoche su transmisión, como un broche
raro y abismal, Su voz no vulneraba el silencio. No puedo hoy leer
sus textos sin volver a escucharla. Y ahora tampoco lo vulnera.
¿He hablado de Porchia o he hablado de mí? Creo
que la profundidad no admite estas diferencias. Simplemente he hablado
porque, como a él, me ha vencido lo que he dicho.
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